Thursday, November 30, 2006

Trayectos del espacio público. Ciudadanía y participación en la escena contemporánea




Claudio Salinas

Espacio público: lugar de aparición de sujetos, lugar de escenificación de la política, lugar de discusión sobre temas colectivos, esfera de discusión sobre temas surgidos en un ámbito privado pero con vocación pública, lugar de constitución de comunidad y de grupos pertenecientes a la sociedad civil, que demandan soluciones al Estado o a sus gobiernos locales; hoy, lugar ampliado y resignificado por los medios de comunicación, en especial, las imágenes televisivas y las redes informáticas.

El término espacio público ha sido, tal vez, el que más cambios ha soportado con el paso del tiempo, desde la Grecia Clásica hasta nuestras sociedades de matriz postindustrial. Por ello, para efectos de este artículo, se hace necesario el desarrollo descriptivo de las distintas formas históricas que ha adoptado esta esfera. Además, es pertinente, puesto que en él se han inscrito –y se inscriben- formas de participación de sujetos, de comunidades, de individuos privados que escenifican sus inquietudes y sus maneras de estar en sociedad.

Distintos autores (desde Aristóteles a Habermas o Hanna Arendt) han definido la esfera de lo público en relación con su opuesto, el espacio privado. A la manera de un binomio vinculante, en el que una definición de una esfera importa la comprensión de la otra. De esta forma, en Grecia y en Roma (paradigma clásico) las esferas de lo público y lo privado aparecen bien diferenciadas.

“La esfera de lo privado gira en torno al domicilio doméstico (oikos) y en ella tiene lugar la reproducción de la vida, el trabajo de los esclavos, el servicio de las mujeres y todo aquello relacionado con la necesidad y la transitoriedad ¨(la economía). La esfera de lo público (Koiné), en cambio, se refiere a todas aquellas actividades públicas donde el ciudadano, liberado de las cargas domésticas, puede participar como ser libre en las actividades cívicas (políticas) y comunes”1 (Monzón, 1996, p.29).

La esfera pública, se caracterizará, en este tipo de publicidad, por la competencia entre iguales y la búsqueda de lo mejor [bien común]. En la concepción clásica la política y el espacio público coincidirán.

Hanna Arendt en su texto La Condición Humana cuando realiza su análisis de la relación entre lo público y lo privado tiene a la vista el espacio “ideal” de funcionamiento de los términos, el modelo griego. De alguna manera, en su análisis de la situación actual de la política y el ámbito de lo público, lo que pone en juego son las categorías heredadas de ese “ideal”. En Grecia la propiedad privada, dice Arendt, permitía ingresar a la esfera de lo público, de la política. El señor del oikos era ciudadano de la polis y, por ello, miembro con plenos derechos de la comunidad política. El bien común, no obstante, no se identificaba con las riquezas privadas (Arendt, 1993, p.62.).

Para el filósofo francés Jean- Marc Ferry (1998, p.13) en la Grecia antigua lo “que hoy se llama “espacio público” remitía entonces a la plaza pública, o sea, al lugar concreto donde los ciudadanos deben reunirse para debatir sobre asuntos concernientes al gobierno de la ciudad”. Por ello, el espacio público delimitaba los problemas y los tipos de sujetos que se podían desarrollar en él. Era un ámbito exclusivo, excluyente y normativo. Normativo, porque fijaba las reglas del juego político y de las relaciones entre los ciudadanos y las maneras de aparecer en la escena de lo público.

En la Baja Edad Media, en cambio, la contraposición entre las esferas de lo público y lo privado casi no es utilizada, por lo que parece más correcto acudir a términos germánicos como “común” y “particular”. Es común aquello que es accesible o está abierto para todo el mundo y es particular lo que es propio y de uso exclusivo (1996, p.29). Es sólo en la Alta Edad Media cuando la categoría de lo público va unida estrechamente a la figura o papel que el señor feudal debe representar ante los demás. “La publicidad representativa no se constituye aquí como un ámbito social o una esfera de la publicidad, sino como una característica del status social: el señor feudal, siempre encaramado en su jerarquía, está por encima de lo ‘público’ y lo ‘privado’, pero su status lo representa públicamente”(p. 29). Lo público se escenificará, en consecuencia, en ciertos atributos personales y en ciertas retóricas: fiestas (torneos), representaciones de tipo religioso o en un sistema de virtudes cortesanas y eclesiásticas.. El pueblo quedará siempre fuera, como espectador, porque la representación exige la distancia y cierta aureola de misterio. Nuevamente, la distinción o indistinción de las esferas de lo público y lo privado autorizarán y desautorizarán a ciertos sujetos a desenvolverse en ellos, así como también la forma y el tipo de inserción y participación en dichos espacios.

Para el filósofo político alemán Jürgen Habermas el último vestigio de la publicidad representativa se encarnará en la monarquía de Luis XIV. Dice Habermas:
“La última forma de la publicidad representativa y retirada en la corte del monarca y, al mismo tiempo, agudizada, es ya una reserva en medio de una sociedad que se está separando del Estado. Sólo ahora comienza a escindirse las esferas pública y privada en un sentido específicamente moderno”. (Habermas, 1981, p. 50)

Richard Sennet nos recuerda que a fines del siglo XV en Inglaterra se identificaba lo público con el bien común en sociedad y, luego, el concepto aludirá a todo lo que está abierto a la consideración general. Lo privado, en cambio implicará una región de la vida amparada y definida por la familia y lo amigos (1996, p. 31). Todas estas distinciones tienen como telón de fondo “un nuevo marco de relaciones que se apoyará en lo que Habermas llama tráfico de mercancías y noticias” (p. 30). La esfera del poder público se objetiviza en una administración constante y en un ejército permanente y la categoría de lo ‘público’ se reserva, no ya para la corte, sino para lo estatal y su funcionamiento. Es lo que se conoce como publicidad burguesa (segundo modelo paradigmático de publicidad).

La prensa periódica ahora jugará un rol importante, puesto que no sólo informará de las más diversa noticias, sino que las mismas se convertirán en mercancía. Además, la autoridad central utilizará a la prensa para dar órdenes y disposiciones, convirtiendo a los destinatarios (unos pocos) por primera vez en público. Pero, dadas las circunstancias de analfabetismo y pobreza los mensajes estarán restringidos a unos pocos estamentos ilustrados que constituyen al público lector: juristas, profesores, médicos, curas, oficiales, etc. En esta capa se irá generando una esfera de discusión, crítica, el llamado público político, que juzgará las decisiones adoptadas por el Estado. “Cuando este grupo de ciudadanos, crítico y raciocinante, levante su voz y se convierta en sujeto y destinatario de los mandatos de la autoridad, entonces habrá nacido la opinión pública” (p. 32).

1.Ilustración y espacio público

El espacio público burgués nos reenvía a la Ilustración, a un espacio público “moderno ideal”, centrado en la categoría de Publicidad y que se despliega en los debates, en las leyes, en la crítica y en los juicios, entre otras formas de aparición de lo público. Dice Ferry:

“Al comienzo, el ‘espacio público burgués quizás correspondía a la institucionalización de una crítica que empleaba los medios de la moral para reducir o ‘racionalizar’ la dominación política. En el contexto de la época [siglo XVIII], eso significaba ‘impugnar el principio absolutista”. (1998, p. 15).
Ferry, al igual que Habermas, señala que el dominio público se convierte en espacio público a través de la fuerza exterior de la crítica. Dice Ferry:

“El impulso no viene desde ‘arriba’. Viene de ‘abajo’, cuando las personas particulares [privadas], reunidas en los salones, los cafés y los clubes constituyen las primeras ‘esferas públicas’ burguesas para intercambiar sus experiencias. La autonomía privada de la conciencia individual, núcleo del espacio público moderno, adquiere su propia fuerza de la crítica”. (p. 15)

De esta manera, el espacio público se convierte en una especie de tribunal en el que los individuos le pedirán razones a la política. Es lo que Kant en su texto ¿Qué es la ilustración? (aparecido en periódico en 1784) denominó como la emancipación de las tutelas, llegar a la mayoría de edad para desplegar el ideal de la razón (Kant, 1979). Aparecer en lo público, participar en esta esfera será, entonces, interpelar de manera argumental a las autoridades constituidas.

Hablar de la Modernidad y del espacio público resulta una tarea incompleta si no acudimos a los desarrollos teóricos de Habermas, quien definirá al espacio público como “un ámbito de nuestra vida social [aparecerá la emergencia de ésta], en el que se puede construir algo así como opinión pública. La entrada está fundamentalmente abierta a todos los ciudadanos” (1981, p. 53). Estos ciudadanos se comportan como público sólo cuando se reúnen libremente y con la garantía de publicar su opinión respecto de la actuación de acuerdo a intereses y problemáticas generales. Y en los casos en que este público se amplíe (como en la actualidad y que se desarrollará más adelante en la investigación) se requerirán otros dispositivos de transferencia como periódicos, revistas, radio o televisión

En la modernidad, según Habermas, la relación del binomio público/privado adquiere otro tipo de dinámicas de funcionamiento, distintas al modelo griego. Dice Habermas:

“La ‘publicidad’ propiamente dicha hay que cargarla en el haber del ámbito privado, puesto que se trata de una publicidad de personas privadas. En el seno del ámbito reservado a las personas privadas distinguimos, por consiguiente, entre esfera privada y publicidad. La esfera privada comprende a la sociedad burguesa en sentido estricto, esto es, al ámbito del tráfico mercantil y del trabajo social; la familia, con su esfera íntima, discurre también por sus cauces. La publicidad política resulta de la publicidad literaria; media, a través de la opinión pública, entre el Estado y las necesidades de la sociedad” (p. 58).

Habermas también distingue el espacio público político del literario y el lugar que ocupa el Estado en la relación público/privado.“Hablamos de espacio público político, distinguiéndolo del literario, cuando las discusiones públicas tienen que ver con objetos que dependen de la praxis del Estado. El poder del Estado es también el contratante del espacio público político, pero no su parte (pp. 53-54). El Estado rige como poder “publico”, pero necesita del atributo de la publicidad para su tarea, lo público: cuidar del bien general de los sujetos de derecho.

Frente a la publicidad reglamentada por los poderes públicos (el Estado), surge la publicidad crítica, que sustenta el enjuiciamiento público de los intereses generales y las actuaciones gubernamentales. Dice Habermas:

“El pouvoir como tal es puesto a debate por una publicidad políticamente activa. Ese debate está encargado de reconducir la voluntas a ratio, que se elabora en la concurrencia pública de argumentos privados en calidad de consenso acerca de lo prácticamente necesario en el interés universal”. (p. 118)

Por su parte Hanna Arendt señala que en la época moderna, al universalizarse los derechos políticos, la perspectiva social penetra en todos los ámbitos de la vida. Asimismo, surge un nuevo concepto de privacidad, restringido a la intimidad. Este nuevo concepto sobre lo privado se contrapone a la esfera de lo público y también a la esfera de los social. Las tesis centrales de Arendt respecto de la relación del binomio público/privado se pueden agrupar en cuatro dimensiones:

1. La época moderna lleva a cabo la pérdida de nitidez de las diferencias entre el espacio público y la esfera de lo privado. Ambos espacios se subsumen en la esfera de lo social.

2. La esfera social surge de un doble movimiento: “La transformación del interés privado por la propiedad privada en un interés público” y la transformación de lo público en una función de los “procesos de creación de riqueza” (Boladeras, 2001, p. 54). Ésta sería, para Arendt, el único interés común que quedaría.

3. Pero este interés común no crea espacios de sentido compartidos. No crea el sentimiento de pertenencia a una comunidad, puesto que sólo es pertinente para la acumulación de capitales. Dice Arendt: “Lo que hace tan difícil de soportar de la sociedad de masas [a mediados del siglo XIX] no es el número de personas, o al menos no de manera fundamental, sino el hecho de que entre ellas el mundo ha perdido su poder para agruparlas, relacionarlas y separarlas” (1993, p. 62). Se advierte una comunidad fragmentada que deriva en una participación política atomizada y subsumida en un cúmulo de opiniones carentes de una razón argumentada.

4. El descubrimiento de la intimidad en la modernidad “parece un vuelo desde el mundo exterior a la interna subjetividad del individuo, que anteriormente estaba protegida por la esfera privada” (p. 75). Entonces a lo que se asiste, también, es a la disolución de lo privado en lo social. Y, con ello, la pérdida de los límites de las esferas, su desplazamiento y la colonización de lo privado por lo público o, desde otra perspectiva la invasión de lo privado en lo público.

La visión ideal de Habermas sobre la formación de lo público en la crítica política fruto del intercambio comunicativo sufre alteraciones radicales con el advenimiento de la “sociedad de masas” (Ortiz, 2002, p. 112). “La estatalización de lo público y su intromisión en todos los ámbitos de la vida del ciudadano se ha apoyado en la transformación paulatina de los medios de comunicación en instrumentos de entretenimiento y dominación de las masas” (1981, p. 75). El público antes discutidor se transforma en un público atomizado y fragmentado en minorías de especialistas no públicamente raciocinantes, por un lado, y en la gran masa de consumidores receptivos, por el otro. Dice Habermas:

“Como es natural, el consensus fabricado tiene poco en común con la opinión pública, con la unanimidad final resultante de un largo proceso de recíproca ilustración; porque el ‘interés general’, sobre cuya base .... podía llegar a producirse libremente una coincidencia racional entre las opiniones públicamente concurrentes [publicidad burguesa o moderna], ha ido desapareciendo exactamente en la medida en que la autorepresentación publicística de intereses privados privilegiados se lo iba apropiando” (p. 262).

Para Habermas el sujeto político que aparece en la sociedad de masas no es el individuo del liberalismo, sino los grupos sociales y las asociaciones que desde los intereses de determinados sectores privados influyen en decisiones políticas. O bien desde las instancias políticas intervienen en el tráfico mercantil y en la dinámica del mundo de la vida, de especial incidencia en el ámbito de la privacidad. Privatización de lo público, politización de lo privado: transgresión múltiple de una delimitación legal y éticamente tipificada. Visión, claro está, idealista y pesimista de la relación entre lo público y lo privado como si alguna vez fue demasiado claro sus vértices y sus fronteras. Esto con el advenimiento de la “sociedad de los medios” –matriz postindustrial- será aún más tensionado hasta diluirse en una exclusiva declaración de principios normativos.

Sin lugar a dudas, tanto la perspectiva de análisis de Arendt como la de Habermas son, en gran medida, críticas del espacio público surgido en la “sociedad de masas” que dificulta la pervivencia de una publicidad crítica, el segundo cree ver en las posibilidades existentes una oportunidad para su despliegue. Dice Habermas:

“El cambio de función que en el Estado social experimentan los derechos fundamentales, la transformación del Estado liberal de derecho en Estado social, en general, contrarresta esta tendencia efectiva al debilitamiento de la publicidad como principio: el mandato de la publicidad es ahora extendido, más allá de los órganos estatales, a todas las organizaciones que actúan en relación con el Estado. De seguir realizándose esa transformación, reemplazando a un público –ya no intacto- de personas privadas individualmente insertas en el tráfico social, surgiría un público de personas privadas organizadas. En las actuales circunstancias, sólo ellas podrían participar efectivamente en un proceso de comunicación pública, valiéndose de los canales de la publicidad interna a los partidos y asociaciones, y sobre la base de la notoriedad pública que se impondría a la relación de las organizaciones con el Estado y entre ellas mismas. El establecimiento de compromisos políticos tendría que legitimarse ante ese proceso de comunicación pública” (p. 257).

2. Espacios públicos ampliados, participación y ciudadanía

Tanto el modelo clásico como el moderno del espacio público aceptan un principio argumentativo, remiten ambos a un contexto de “Ilustración” en sentido amplio, proclive a la democracia. La base original se mantiene: la argumentación pública y la discusión racional dirigidas sobre la base de la libertad formal y de la igualdad de derechos.

No obstante estas continuidades en la concepción del espacio público, no deben desconocerse las mutaciones que, desde mediados del siglo XIX, ha sufrido la estructura de la Publicidad. “Al respecto, los hechos directamente importantes son el advenimiento de las ‘democracias masivas’ y de los ‘medios de comunicación masiva’, así como también la evolución tan sustancial de los derechos fundamentales” (1998, p. 17). Las democracias masivas importan la disolución de los límites entre las esferas pública y privada que tanto sacralizaba la Modernidad. Lo público y lo privado pierden su nitidez porque se “han diluido en gran medida en el elemento ‘social’. Además, el ‘reino de la crítica’ parecía subvertido por el reino de la opinión” (1998, p. 17).

Con el advenimiento de las democracias masivas la “opinión pública” ya no parecería ser el concepto heredado de la Ilustración, concepto normativo e ideal de una opinión sustentada en un proceso formado por la razón. Designaría más bien a la masa segmentada de opiniones particulares en la que se desarrollarían intereses conflictivos. La comunidad de personas privadas acudiendo al “encuentro” de una realidad colectiva y sometiendo a escrutinio al poder ya no tendría más lugar. Con ello, por supuesto, desde este concepción se apreciaría la cada vez más difícil participación en los asuntos comunes. De otra manera, intereses muy privados e instrumentales se tomarían la escena de lo público, cada vez más en tensión con las preocupaciones cada vez más privadas. Serían los intereses parciales de la sociedad los que colonizarían las preocupaciones de lo público y de la polis.

De una cosa podemos estar seguros. El espacio público se ha ampliado tanto como se han diluido sus límites con lo privado y con el ingreso de una masa heterogénea de opiniones e individuos con intereses y demandas de diversa índole. “¿Qué ‘razón’, qué racionalidad política se podría esperar, en efecto, de un espacio público democráticamente ampliado hacia esa masa heterogénea de las opiniones de individuos y de grupos, en los que se expresa la diversidad conflictual de intereses parciales de la sociedad civil?” (pp. 17-18).

Ferry cree que las mutaciones en el espacio público imponen hoy una redefinición sociológica del espacio público político. La redefinición estaría justificada por el advenimiento de la “sociedad de los medios”, un siglo después del de la “sociedad de masas”. En esta redefinición el espacio público será el “marco mediático gracias al cual el dispositivo institucional y tecnológico propio de las sociedades postindustriales es capaz de presentar a un ‘público’ los múltiples aspectos de la vida social” (p. 19). Por “mediático” debemos entender lo que mediatiza la comunicación de las sociedades consigo mismas y entre sí. Y el público ya no refiere o se limita al cuerpo electoral de una nación. Más bien se trata de todos aquellos en posición de percibir y comprender los mensajes difundidos en el mundo.

En consecuencia, el “espacio público es el medio en el cual la humanidad se entrega a sí misma como espectáculo” (p. 20). Pero este “espacio público” no estará sólo conformado por la imagen y la palabra espectaculares. Lo componen también elementos del discurso, del comentario y de la discusión, heredados de los espacios públicos tradicionales. De lo que se trata no es de la supresión de los espacios públicos antiguos, sino de la ampliación y de la diversificación de las esferas. Ante las transformaciones sociales operadas desde la segunda mitad del siglo XIX (por la industrialización, la alfabetización, el auge de la prensa y la configuración de un Estado eminentemente administrativo) y el evidente desarrollo de los medios de comunicación, la relevancia que antaño tenían aquellos lugares de intercambio de visiones entre los ciudadanos y quienes dirigen los estados, ha ido disminuyendo. “No obstante, es claro aún que la existencia de espacios es esencial a la hora de evaluar el grado de democracia alcanzado por una determinada sociedad” (Babul, 2004, p. 57).

Si bien las formas anteriores de publicidad no desaparecerán, el espacio público (o los espacios públicos) en la era de la “sociedad de los medios no sólo aparecerá redefinido sino que también ampliado. Dice Ferry:

“En el marco de representación que proporciona el espacio público a las sociedades humanas, las sociedades civiles, políticamente delimitadas por las fronteras de Estados naciones, no obstante penetran sin problema unas en otras, de modo que el espacio público no es sólo el lugar de la comunicación de cada sociedad consigo misma sino también, y quizás ante todo, el lugar de una comunicación de las sociedades distintas entre sí” (1998, p. 20).

Y la ampliación es doble: por un lado el espacio público se puede comprender como un medio privilegiado para la formación de una identidad colectiva, a través de la apropiación de la historia. Por otro, la “considerable extensión vertical del nuevo espacio público se relaciona con la escenificación y la temificación de episodios hasta hace poco relativamente ‘privados’ de la intimidad profesional, familiar o conyugal, y más allá, de la intimidad ‘ultima’ de los fantasmas inconscientes y de las angustias reprimidas” (p. 20). Se escenificarán públicamente aspectos de la vida que son a tal punto privados que los que conformaban el público se preocuparían de problematizarlos en la misma intimidad de sus hogares.

La prensa –y por cierto la televisión- en este espacio público ampliado jugará un rol importante. Es la encargada de visibilizar y de representar, de alguna manera, en “calidad de ‘opinión pública’ un aspecto de la sociedad civil sociológica y políticamente distinto del ‘cuerpo electoral. “(...) Si se habla razonablemente de la prensa como de un ‘cuarto poder’, es en la medida en que, a diferencia de los institutos de sondeo –y a semejanza de los que tienen la decisión política-, más allá de la clientela comercial, apunta a una comunicación privilegiada con su público politizado” (p. 24). El poder que ha adquirido la comunicación quizás esté ligado a la creciente dificultad que tendría el Estado en implicar a los ciudadanos, a los sujetos organizados o no. Además el Estado-nación (matriz nacional-popular) se encuentra, en la era de la globalización, desprovisto del poder de decisión en muchos ámbitos que antes eran preocupación de la polis.

En cualquiera de los casos, la subversión del principio normativo ilustrado por el principio mediático de aparición, tiende a desestabilizar o a introducir lógicas y formatos específicos en el hacer público y en la política. En el plano interno la representación política clásica aparecería un tanto desplazada por las formas de resolución de conflictos propias de los medios de comunicación. En esta mediatización de la política y lo público se advierte la imposición de soluciones guiadas, en consecuencia, por una lógica de lo efímero, de la instrumentalización de las demandas –en muchos casos muy privadas- y la aparición y desaparición de las mismas al ritmo impuestos por los medios, en especial por la “máquina de visión”.

El semiólogo argentino Eliseo Verón ha señalado que la televisión se ha constituido en “el sitio por excelencia de producción de acontecimientos que conciernen a la maquinaria estatal, a su administración, y muy especialmente uno de los mecanismos básicos del funcionamiento de la democracia: los procesos electorales, lugar en que se construye el vínculo entre el ciudadano y la ciudad. En otras palabras, ya estamos en la democracia audiovisual”(Verón, 1998, p. 125). Lo que se impone es el adagio televisivo –también de las “teletecnologías como internet, por ejemplo- de “lo que no aparece en pantalla no existe”. Pero, también, la pantalla chica será un lugar de opacidad y desaparición de acontecimientos y actores políticos y sociales, por la fugacidad que impone a la escenificación de sujetos y comunidades –que se vuelven igualmente de duración transitoria-. Si la televisión se ha constituido, según algunos, en el nuevo espacio público, “¿cómo evitar que su factura como soporte, sus recursos técnicos, sus géneros discursivos, impongan su propio ritmo, su timing, sus reglas temáticas, compositivas estilísticas, diríamos como Bajtín, a cualquier materia, de la política a la intimidad?” (Arfuch, p. 72). La pregunta no es de fácil resolución pues lo que acontece con la televización de los tiempos de la vida -la política incluida- importaría, como ya se ha dicho, la disolución de todas las situaciones que antes o pertenecían al espacio público (político) o al espacio privado, incluyendo el territorio de la intimidad (se ha producido una colonización de los espacios). Y, además, las lógicas mediáticas se impondrían en la validación y aparición de las demandas por más privadas que pareciesen ser. En la “máquina de visión” cohabitan la ficción declarada, la ficcionalización de la realidad, la tematización de lo político la imposición de sus tiempos.

Espacios públicos ampliados. Mediatización de la política. Pervivencia de espacios públicos paradigmáticos. Dificultad de establecer si se publicita lo privado o se privatiza lo público Fragmentación de opiniones y demandas que ascienden a lo público. Probablemente el problema, al fin de este derrotero que ha seguido el espacio público-político, sea éste: ¿Cómo volver la política algo más que la sola administración de las demandas de microgrupos que, muchas veces, se vuelven de tal manera instrumentales y que se agotan cuando se cumple el petitorio? O de otra forma: cómo definir los problemas privados y agruparlos para convertirlos en una fuerza política y legitimarse en lo público (Bauman, 2000, p. 17).

Referencias

1 Arfuch, L. (2000). Lo público y lo privado en la escena contemporánea: política y subjetividad. Revista De Crítica Cultural (Número 21), 67-74.
2. Arendt, H. (1993) . La Condición Humana. Madrid: Piados.
3. Babul, Francisca. Transformaciones en el espacio público: nuevas relaciones entre las esferas pública y privada. Seminario para optar a la Licenciatura en Comunicación Social. Instituto de la Comunicación e Imagen, Universidad de Chile
4. Boladeras, Margarita. “La opinión pública en Habermas”. En: Revista Análisi, Barcelona. Número 26, 2001, p.54.
5. Ferry, Jean-Marc. “Las transformaciones de la publicidad política”. En: El nuevo espacio público. Madrid, Editorial Gedisa, 1998.
6. Habermas, Jürgen. Historia y Crítica de la Opinión Pública. La transformación de la Vida Pública. Madrid, Editorial Gustavo Gil. 1981.
7. Kant, Immanuel. 1724-1804. Filosofía de la Historia. México. Fondo de Cultura Económica, 1979.
8. Monzón, Cándido: Opinión pública, comunicación y política Madrid,. Tecnos, 1996.
9. Ortiz, Renato. Ensayos sobre el mundo contemporáneo. Argentina. Ediciones Universidad Nacional de Quilmes, 2002, p.112.
10. Sennett, Richard. El Declive del Hombre Público. Madrid. Ediciones Península. 1978.
11. Verón, Eliseo, “Interfaces. Sobre la democracia Audiovisual Evolucionada”. En: EL Nuevo espacio público. Madrid, Editorial Gedisa, 1998.
12. Bauman, Zygmunt. En busca de lo político. Buenos Aires. Fondo de Cultura Económica, 2000.

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