Personalización y mediatización de la política chilena: fragmentos para una interpretación
Ayer todos tuvimos la oportunidad de ver por televisión la información de la muerte del ex dictador Augusto José Ramón Pinochet Ugarte. A minutos de su deceso todos estábamos enterados. Es más, podíamos apreciar por TVN la polarización del país. ¿Cómo? Con un recurso televisivo bastante viejo: dividir la pantalla en dos. En el sector izquierdo estaba ese Chile que descorchaba botellas de champagne en Plaza Italia. Mientras, en el sector derecho de la caja mágica veíamos a decenas de manifestantes e incondicionales del ex general gritando consignas e incluso llorando amargamente. El truco era mostrar que las dos fuerzas eran numéricamente equivalentes. Y todo podía ser presenciado por el ciudadano común y corriente.
Inmediatamente comenzó a ser exhibido el desfile de políticos partidarios de la ‘obra’ del general. Desfilaban por las pantallas de la TV nacional y extranjera los Moreira, los Cuadra y otros personajes de la fauna política del país, incluidos representantes del poder espiritual de la iglesia chilena. Estaban todos congregados para la ocasión. Cada comensal debía mirar a la cámara y decir sentidas y enfáticas palabras. De vez en cuando algún despacho de un periodista interrumpía la escena para transportarnos a otro lugar de la noticia. Ese otro lugar, claro está, era la entrevista a un acérrimo opositor a Pinochet.
Luego de los despachos, vienen los reportajes especiales –realizados con mucha antelación- a la vida y “obra” del ex dictador. Pululan los especialistas televisivos, políticos conversos e intelectuales concertacionistas que nos hablan del “tirano ambiguo”: un carnicero dictador, pero que transformó Chile y lo llevó a la tan diferida Modernidad. Como si la política y la historia fuera capaz de ser escrita por un solo hombre.
Atrás quedan todos los escándalos de corrupción protagonizados por los hombres del Estado concertacionista. De Chiledeportes –más conocido como ‘Chilerecortes- ya nadie habla. La TV y los medios escritos, en su afán de estar en la noticia, han operado un mecanismo, un dispositivo que ha reducido, aún más, la ya escuálida construcción de la realidad. Pinochet viene a ser el ídolo predilecto de sus partidarios, pero también de los medios de comunicación y de los políticos del país.
Con razón el académico de la Universidad de Chile Alfredo Jocelyn-Holt dirá sobre Pinochet “(..) por su carácter de sobreviviente perpetuo, Ponochet no se rige por coordenadas normales, humanas o mortales. Al ser mítico, o lo que es igual, al estar fuera de la historia, no muere, sigue y seguirá ahí ubicuamente y la terminará por sobrevivir. Poderosos intereses, de un lado u otro de la ‘falla’ política con que se nos divide en este país, así lo dictan. Para los partidarios del modelo económico, como para nuestros gobernantes concertacionistas elegidos una y otra vez invocando al ‘Cuco’, sin Pinochet no hay Historia”[1].
Jocelyn-Holt advierte que Pinochet es el objeto de deseo de moros y también de cristianos. Su figura, a la manera de un sobreviviente eterno, es recogida y actualizada a cada momento por los medios de comunicación, bajo la estrategia retórica de un presente perpetuo, aunque ya sea una figura de la historia. Pero debemos advertir una cosa: no se trata de una conspiración de los medios contra las pobres audiencias pasivas. Se trata más bien de una operatoria, de una manera de crear realidad social y política que a los políticos no les incomoda. Los residentes del sistema político ensayan las más variadas estrategias ante las cámaras o los flashes de los diarios: expían sus culpas por los casos de corrupción en los que se los involucra, culpan a “fulano” o “sutano” por determinada situación o anuncian cónclaves o catarsis colectivas para indicarnos que la culpa no es de nadie, sino de Fuenteovehuna hoy devenida en el sistema político o en la clase política, que no tiene nada que ver con la clase de la que nos hablaba Gramsci.
Con esta operación del dispositivo comunicacional la política se juega, por cierto, en la TV. La política se mediatiza y se personaliza, en tanto serán las características públicas, y sobre todo privadas, las que serán exhibidas en sus 525 líneas. No importa de quién es la culpa. Lo relevante es la construcción de los medios y las implicancias de su “creación”. En ese sentido la emergencia y la centralidad de los medios implica una redefinición de las relaciones y prácticas políticas, la primera de las cuales es la reconverción progresiva de la mediación de lo público en una mediatización pública. La imagen de lo político aparece ahora como la expresión masiva de lo político mismo.
Esto no quiere decir que las maneras anteriores de hacer política o estar en lo público desaparezca, sino de que muchas de las formas tradicionales se amplían: La TV ejerce el papel de extensión de las manifestaciones públicas. Al respecto el filósofo francés Jean Marc-Ferry dice:
“En primer lugar, se impone una redefinición sociológica del espacio público político. Esta redefinición misma está justificada por el advenimiento de la sociedad de los medios, un siglo después de la sociedad de masas. (…) El ‘espacio público’ que con mucho desborda el campo de interacción definido por la comunicación política, es –en sentido lato –el marco “mediático” gracias al cual el dispositivo institucional y tecnológico propio de las sociedades postindustriales es capaz de presentar a un ‘público’ los múltiples aspectos de la vida social”.[2]
Una clara evidencia de lo señalado por Ferry se presenta con gran actualidad en el funeral del ex dictador Augusto Pinochet. El sepelio se exhibe para “todo” el mundo. De alguna manera todos participan del adiós de Pinochet. Y no sólo eso: podemos ver, por el contrario las manifestaciones de sus opositores realizadas en la Plaza de Armas. La pantalla se vuelve a dividir, pero esta vez en la Escuela Militar hay cerca de 60 mil personas, y por única vez se verán fuerzas en disputa más o menos equivalentes.
Pero la imagen televisiva no implica únicamente la sola agregación de individuos heterogéneos en el espacio público. Implica la aparición de discursividades y posiciones disímiles y variadas –aunque no tanto-, que transforman el espacio mediático no sólo en la ampliación, mediante la técnica, del espacio público político, sino que primeramente en el espacio de presentación de casi la totalidad de los aspectos de la vida social. La imagen y la TV totalizan los distintos discursos y las distintas retóricas y la política aparece ante nuestros ojos cotidianamente[3].
La mediatización de lo político
Múltiples definiciones se despliegan sobre la mediatización de la política. Algunos la entienden como la transformación de los medios masivos en la fábrica de información política más consultada por los ciudadanos al momento de tomar sus decisiones políticas. “Casi sin excepción, los actores del sistema de poder se ven hoy condicionados por una suerte de ¿paradigma mediático’ que domina las posibilidades concretas que tienen a la hora de comunicar sus planes y sus logros, tanto en el terreno proselitista como en la administración gubernamental”[4], dice el profesor argentino Gustavo Martínez. Otras concepciones sobre la mediatización y sus implicancias señalan “que se refiere a la emergencia de unos lenguajes, unas formas, de unos agentes, dispositivos, gramáticas y relatos que ponen en relieve el protagonismo de los medios de comunicación en la configuración del campo discursivo social”[5].
De cualquier manera lo que se advierte es que la televisión se vuelve una escena de aparición importante para la política, “o dicho de otro modo, en la sociedad contemporánea, la política no puede sino hacerse televisivamente”[6]. Sin embargo, debemos matizar el juicio antes señalado: la TV es una posibilidad para la política, pero no desaparecen formas tradicionales de hacer política como las manifestaciones masivas o los actos proselitistas de cualquier candidato a senador o alcalde, por ejemplo. Ahora, si esto se exhibe, al parecer, se ampliarían las posibilidades de la visibilidad de la política.
En este contexto, la muerte de Pinochet, su funeral y el desfile de los políticos ante las cámaras y por los sets de televisión son un ejemplo claro de la mediatización de la actividad política. El autor francés Jean Baudrillard diría que la política en TV es un simulacro en tanto todo sería apariencia. Por lo demás, simular es aparentar lo que no se tiene. Y lo que no se tiene sería la cosa misma: la política. Obviando estas visiones apocalípticas sobre la TV, una cosa clara: despolitizar a la televisión es cancelar la posibilidad de crítica sobre la misma política.
A destacar: “Los medios –dirá Eliseo Verón- son el lugar donde se construyen las entidades imaginarias que permiten a la comunidad la institucionalización de sus conflictos sociales y políticos”[7]. Pero estos conflictos normalizados por la pura repetición de su acontecer pueden perder su carácter de noticias e, incluso su repercusión social. De tanta exhibición y despliegue de prensa ¿quién puede hablar del sentido de la muerte de Pinochet o de la importancia de una corrupción extendida del aparato estatal? Los más voluntariosos dirán la relevancia es el puro acontecimiento, el hecho en sí.
Personalización de la política
La personalización[8] de la política y la comunicación es tan antigua como la misma comunicación y política. Siempre es más fácil –la historia de las instituciones o de los grandes personajes así lo demuestra- operar con una figura retórica como la sinécdoque (interpretar el todo por la parte o viceversa), la que permite culpar a una figura política y no al sistema o a la clase toda. También posibilita su contrario: disolver las culpas de muchos en un colectivo indeterminado. Siempre teniendo como telos la salvación de una burocracia política.
En ese marco interpretativo se entienden muchas de las afirmaciones que sindican a Pinochet como el culpable de todos los males de nuestro país o las aseveraciones que enfatizan que el problema de la corrupción es de algunas personas, contadas con los dedos de las manos. También en esa clave comprensiva se sitúan los que señalan que la corrupción en nuestro país es de un colectivo en particular.
Los medios representan formidablemente estas estrategias. En un momento exhiben la culpa de tal o cual dirigente de baja alcurnia o en otros momentos sindican a todo un conglomerado como corrupto. ¿El resultado? La disolución de las distintas responsabilidades en el sistema político.
Un ejemplo. Nadie puede dudar de los sangriento y represivo que fue la dictadura de Pinochet. Tampoco nadie puede poner en duda su enriquecimiento ilícito. Pero difícilmente se puede personalizar todas las responsabilidades en un militar cazurro y ladino, como si en él se resumiera toda la intelillengtzia de un proceso político. De personalizar todo, sus colaboradores, sus mentes brillantes quedan libres de toda posibilidad de ser juzgados. Esto es peligroso, porque ellos están muy vivos y caminan entre nosotros.
Para el dispositivo mediático el personalizar es la noticia: se pueden ensayar biografías televisadas, programas especiales de reportajes, programas de conversación, etcétera. Todas construcciones en las que se cuelan datos públicos con informaciones muy privadas. “Así –dice Gustavo Martínez-, el primer plano de la comunicación es ocupado por cuestiones privativas de los ocupantes del rol antes que por aspectos vinculados con las ideas que ellos –los dirigentes- representan. Las consecuencias son relevantes: la opacidad de los hechos y los procesos políticos cuando éstos son objetos de una pura televización o mediatización. Como decíamos arriba: la TV es posibilidad de la política, pero también es escenario de su opacidad.
Gustavo Martínez dirá: “La presentación simplista y frívola de las responsabilidades públicas, el tratamiento estereotipado de los postulantes y la carencia de información detallada acerca de los planes en puja, coadyuvan a la consolidación de este acelerado proceso de personalización del sistema de poder”[9]. Continúa: “La dimensión individual del dirigente desplaza del núcleo de la crítica mediática a otras aristas, como son sus pertenencias sociales, institucionales e ideológicas”[10].
El peligro de toda esta operatoria es claro: la imposibilidad de distinguir el proceso entre tanto acontecimiento. La imposibilidad de determinar responsables y culpabilidades. La posibilidad, en cambio, de esconder bajo la alfombra tanta suciedad.
Muchos dicen que los medios - y la TV- son la condición para una democracia saludable. Es probable. Siempre y cuando, eso sí, se pueda determinar lo medular de lo accesorio. Siempre y cuando sepamos cómo construyen los medios de comunicación la realidad. La clave: un equilibrio precario entre la mediatización y la personalización de la política. Ni el todo, ni la parte, ni la televización de toda la vida social, ni una sobrevaloración de la importancia de los medios.
Total, habrá muchos más sepelios de Pinochet, habrá muchas más noticias importantes para ensayar estas advertencias.
[1] Diario La Tercera, Domingo de diciembre de 2006.
[2] FERRY, Jean-Marc: “Las transformaciones de la publicidad política”. In: WOLTON, Dominique; et al.: El nuevo espacio público, Barcelona, Gedisa, colección El Mamífero Parlante, 1998. p.19.
[3] Los detractores de la actual relación entre la televisión y la política –Giovanni Sartori, por ejemplo- señalan que la primera disuelve la posibilidad del discurso político. El profesor de la Universidad de Chile Juan Pablo Arancibia describe esta posición: “(...) lo que verdaderamente constituía el aspecto central de la modalidad enunciativa del discurso político, era el razonamiento, la validez de los argumentos, el espesor de las ideas y la gravedad de las palabras: el imperio del logos. Con la emergencia de la TV y su fusión con la política, la dimensión espectacular de la política sufre un proceso de transformación creciente que consiste en “potencias los rasgos de espectacularidad, exacerbar el régimen de la visualidad, en desmedro del espesor argumental”. En: Arancibia, Juan Pablo. Comunicación Política. Fragmentos para una genealogía de la mediatización en Chile. Universidad Arcis, Santiago de Chile, 2006, p.70.
[4]Martínez, Gustavo, El impacto de la televisión en la comunicación política moderna. En: www.comunicacionpolitica.blogspot.com.
[5] Arancibia, op. cit, p.71.
[6] Ibid, p.71.
[7] Martínez, op. cit.
[8] Personalización aquí será entendida en un sentido extenso: no se remite sólo a las referencias de índole personal de los dirigentes, sino a la excesiva nominalización de los procesos políticos que producen los medios de comunicación.
[9] Martínez, op. cit.
[10] Ibid.
