Wednesday, December 13, 2006

Personalización y mediatización de la política chilena: fragmentos para una interpretación



Ayer todos tuvimos la oportunidad de ver por televisión la información de la muerte del ex dictador Augusto José Ramón Pinochet Ugarte. A minutos de su deceso todos estábamos enterados. Es más, podíamos apreciar por TVN la polarización del país. ¿Cómo? Con un recurso televisivo bastante viejo: dividir la pantalla en dos. En el sector izquierdo estaba ese Chile que descorchaba botellas de champagne en Plaza Italia. Mientras, en el sector derecho de la caja mágica veíamos a decenas de manifestantes e incondicionales del ex general gritando consignas e incluso llorando amargamente. El truco era mostrar que las dos fuerzas eran numéricamente equivalentes. Y todo podía ser presenciado por el ciudadano común y corriente.

Inmediatamente comenzó a ser exhibido el desfile de políticos partidarios de la ‘obra’ del general. Desfilaban por las pantallas de la TV nacional y extranjera los Moreira, los Cuadra y otros personajes de la fauna política del país, incluidos representantes del poder espiritual de la iglesia chilena. Estaban todos congregados para la ocasión. Cada comensal debía mirar a la cámara y decir sentidas y enfáticas palabras. De vez en cuando algún despacho de un periodista interrumpía la escena para transportarnos a otro lugar de la noticia. Ese otro lugar, claro está, era la entrevista a un acérrimo opositor a Pinochet.

Luego de los despachos, vienen los reportajes especiales –realizados con mucha antelación- a la vida y “obra” del ex dictador. Pululan los especialistas televisivos, políticos conversos e intelectuales concertacionistas que nos hablan del “tirano ambiguo”: un carnicero dictador, pero que transformó Chile y lo llevó a la tan diferida Modernidad. Como si la política y la historia fuera capaz de ser escrita por un solo hombre.

Atrás quedan todos los escándalos de corrupción protagonizados por los hombres del Estado concertacionista. De Chiledeportes –más conocido como ‘Chilerecortes- ya nadie habla. La TV y los medios escritos, en su afán de estar en la noticia, han operado un mecanismo, un dispositivo que ha reducido, aún más, la ya escuálida construcción de la realidad. Pinochet viene a ser el ídolo predilecto de sus partidarios, pero también de los medios de comunicación y de los políticos del país.

Con razón el académico de la Universidad de Chile Alfredo Jocelyn-Holt dirá sobre Pinochet “(..) por su carácter de sobreviviente perpetuo, Ponochet no se rige por coordenadas normales, humanas o mortales. Al ser mítico, o lo que es igual, al estar fuera de la historia, no muere, sigue y seguirá ahí ubicuamente y la terminará por sobrevivir. Poderosos intereses, de un lado u otro de la ‘falla’ política con que se nos divide en este país, así lo dictan. Para los partidarios del modelo económico, como para nuestros gobernantes concertacionistas elegidos una y otra vez invocando al ‘Cuco’, sin Pinochet no hay Historia”[1].

Jocelyn-Holt advierte que Pinochet es el objeto de deseo de moros y también de cristianos. Su figura, a la manera de un sobreviviente eterno, es recogida y actualizada a cada momento por los medios de comunicación, bajo la estrategia retórica de un presente perpetuo, aunque ya sea una figura de la historia. Pero debemos advertir una cosa: no se trata de una conspiración de los medios contra las pobres audiencias pasivas. Se trata más bien de una operatoria, de una manera de crear realidad social y política que a los políticos no les incomoda. Los residentes del sistema político ensayan las más variadas estrategias ante las cámaras o los flashes de los diarios: expían sus culpas por los casos de corrupción en los que se los involucra, culpan a “fulano” o “sutano” por determinada situación o anuncian cónclaves o catarsis colectivas para indicarnos que la culpa no es de nadie, sino de Fuenteovehuna hoy devenida en el sistema político o en la clase política, que no tiene nada que ver con la clase de la que nos hablaba Gramsci.

Con esta operación del dispositivo comunicacional la política se juega, por cierto, en la TV. La política se mediatiza y se personaliza, en tanto serán las características públicas, y sobre todo privadas, las que serán exhibidas en sus 525 líneas. No importa de quién es la culpa. Lo relevante es la construcción de los medios y las implicancias de su “creación”. En ese sentido la emergencia y la centralidad de los medios implica una redefinición de las relaciones y prácticas políticas, la primera de las cuales es la reconverción progresiva de la mediación de lo público en una mediatización pública. La imagen de lo político aparece ahora como la expresión masiva de lo político mismo.

Esto no quiere decir que las maneras anteriores de hacer política o estar en lo público desaparezca, sino de que muchas de las formas tradicionales se amplían: La TV ejerce el papel de extensión de las manifestaciones públicas. Al respecto el filósofo francés Jean Marc-Ferry dice:

“En primer lugar, se impone una redefinición sociológica del espacio público político. Esta redefinición misma está justificada por el advenimiento de la sociedad de los medios, un siglo después de la sociedad de masas. (…) El ‘espacio público’ que con mucho desborda el campo de interacción definido por la comunicación política, es –en sentido lato –el marco “mediático” gracias al cual el dispositivo institucional y tecnológico propio de las sociedades postindustriales es capaz de presentar a un ‘público’ los múltiples aspectos de la vida social”.[2]

Una clara evidencia de lo señalado por Ferry se presenta con gran actualidad en el funeral del ex dictador Augusto Pinochet. El sepelio se exhibe para “todo” el mundo. De alguna manera todos participan del adiós de Pinochet. Y no sólo eso: podemos ver, por el contrario las manifestaciones de sus opositores realizadas en la Plaza de Armas. La pantalla se vuelve a dividir, pero esta vez en la Escuela Militar hay cerca de 60 mil personas, y por única vez se verán fuerzas en disputa más o menos equivalentes.
Pero la imagen televisiva no implica únicamente la sola agregación de individuos heterogéneos en el espacio público. Implica la aparición de discursividades y posiciones disímiles y variadas –aunque no tanto-, que transforman el espacio mediático no sólo en la ampliación, mediante la técnica, del espacio público político, sino que primeramente en el espacio de presentación de casi la totalidad de los aspectos de la vida social. La imagen y la TV totalizan los distintos discursos y las distintas retóricas y la política aparece ante nuestros ojos cotidianamente[3].

La mediatización de lo político

Múltiples definiciones se despliegan sobre la mediatización de la política. Algunos la entienden como la transformación de los medios masivos en la fábrica de información política más consultada por los ciudadanos al momento de tomar sus decisiones políticas. “Casi sin excepción, los actores del sistema de poder se ven hoy condicionados por una suerte de ¿paradigma mediático’ que domina las posibilidades concretas que tienen a la hora de comunicar sus planes y sus logros, tanto en el terreno proselitista como en la administración gubernamental”[4], dice el profesor argentino Gustavo Martínez. Otras concepciones sobre la mediatización y sus implicancias señalan “que se refiere a la emergencia de unos lenguajes, unas formas, de unos agentes, dispositivos, gramáticas y relatos que ponen en relieve el protagonismo de los medios de comunicación en la configuración del campo discursivo social”[5].

De cualquier manera lo que se advierte es que la televisión se vuelve una escena de aparición importante para la política, “o dicho de otro modo, en la sociedad contemporánea, la política no puede sino hacerse televisivamente”[6]. Sin embargo, debemos matizar el juicio antes señalado: la TV es una posibilidad para la política, pero no desaparecen formas tradicionales de hacer política como las manifestaciones masivas o los actos proselitistas de cualquier candidato a senador o alcalde, por ejemplo. Ahora, si esto se exhibe, al parecer, se ampliarían las posibilidades de la visibilidad de la política.

En este contexto, la muerte de Pinochet, su funeral y el desfile de los políticos ante las cámaras y por los sets de televisión son un ejemplo claro de la mediatización de la actividad política. El autor francés Jean Baudrillard diría que la política en TV es un simulacro en tanto todo sería apariencia. Por lo demás, simular es aparentar lo que no se tiene. Y lo que no se tiene sería la cosa misma: la política. Obviando estas visiones apocalípticas sobre la TV, una cosa clara: despolitizar a la televisión es cancelar la posibilidad de crítica sobre la misma política.

A destacar: “Los medios –dirá Eliseo Verón- son el lugar donde se construyen las entidades imaginarias que permiten a la comunidad la institucionalización de sus conflictos sociales y políticos”[7]. Pero estos conflictos normalizados por la pura repetición de su acontecer pueden perder su carácter de noticias e, incluso su repercusión social. De tanta exhibición y despliegue de prensa ¿quién puede hablar del sentido de la muerte de Pinochet o de la importancia de una corrupción extendida del aparato estatal? Los más voluntariosos dirán la relevancia es el puro acontecimiento, el hecho en sí.

Personalización de la política

La personalización[8] de la política y la comunicación es tan antigua como la misma comunicación y política. Siempre es más fácil –la historia de las instituciones o de los grandes personajes así lo demuestra- operar con una figura retórica como la sinécdoque (interpretar el todo por la parte o viceversa), la que permite culpar a una figura política y no al sistema o a la clase toda. También posibilita su contrario: disolver las culpas de muchos en un colectivo indeterminado. Siempre teniendo como telos la salvación de una burocracia política.

En ese marco interpretativo se entienden muchas de las afirmaciones que sindican a Pinochet como el culpable de todos los males de nuestro país o las aseveraciones que enfatizan que el problema de la corrupción es de algunas personas, contadas con los dedos de las manos. También en esa clave comprensiva se sitúan los que señalan que la corrupción en nuestro país es de un colectivo en particular.

Los medios representan formidablemente estas estrategias. En un momento exhiben la culpa de tal o cual dirigente de baja alcurnia o en otros momentos sindican a todo un conglomerado como corrupto. ¿El resultado? La disolución de las distintas responsabilidades en el sistema político.

Un ejemplo. Nadie puede dudar de los sangriento y represivo que fue la dictadura de Pinochet. Tampoco nadie puede poner en duda su enriquecimiento ilícito. Pero difícilmente se puede personalizar todas las responsabilidades en un militar cazurro y ladino, como si en él se resumiera toda la intelillengtzia de un proceso político. De personalizar todo, sus colaboradores, sus mentes brillantes quedan libres de toda posibilidad de ser juzgados. Esto es peligroso, porque ellos están muy vivos y caminan entre nosotros.

Para el dispositivo mediático el personalizar es la noticia: se pueden ensayar biografías televisadas, programas especiales de reportajes, programas de conversación, etcétera. Todas construcciones en las que se cuelan datos públicos con informaciones muy privadas. “Así –dice Gustavo Martínez-, el primer plano de la comunicación es ocupado por cuestiones privativas de los ocupantes del rol antes que por aspectos vinculados con las ideas que ellos –los dirigentes- representan. Las consecuencias son relevantes: la opacidad de los hechos y los procesos políticos cuando éstos son objetos de una pura televización o mediatización. Como decíamos arriba: la TV es posibilidad de la política, pero también es escenario de su opacidad.

Gustavo Martínez dirá: “La presentación simplista y frívola de las responsabilidades públicas, el tratamiento estereotipado de los postulantes y la carencia de información detallada acerca de los planes en puja, coadyuvan a la consolidación de este acelerado proceso de personalización del sistema de poder”[9]. Continúa: “La dimensión individual del dirigente desplaza del núcleo de la crítica mediática a otras aristas, como son sus pertenencias sociales, institucionales e ideológicas”[10].

El peligro de toda esta operatoria es claro: la imposibilidad de distinguir el proceso entre tanto acontecimiento. La imposibilidad de determinar responsables y culpabilidades. La posibilidad, en cambio, de esconder bajo la alfombra tanta suciedad.

Muchos dicen que los medios - y la TV- son la condición para una democracia saludable. Es probable. Siempre y cuando, eso sí, se pueda determinar lo medular de lo accesorio. Siempre y cuando sepamos cómo construyen los medios de comunicación la realidad. La clave: un equilibrio precario entre la mediatización y la personalización de la política. Ni el todo, ni la parte, ni la televización de toda la vida social, ni una sobrevaloración de la importancia de los medios.

Total, habrá muchos más sepelios de Pinochet, habrá muchas más noticias importantes para ensayar estas advertencias.



[1] Diario La Tercera, Domingo de diciembre de 2006.
[2] FERRY, Jean-Marc: “Las transformaciones de la publicidad política”. In: WOLTON, Dominique; et al.: El nuevo espacio público, Barcelona, Gedisa, colección El Mamífero Parlante, 1998. p.19.
[3] Los detractores de la actual relación entre la televisión y la política –Giovanni Sartori, por ejemplo- señalan que la primera disuelve la posibilidad del discurso político. El profesor de la Universidad de Chile Juan Pablo Arancibia describe esta posición: “(...) lo que verdaderamente constituía el aspecto central de la modalidad enunciativa del discurso político, era el razonamiento, la validez de los argumentos, el espesor de las ideas y la gravedad de las palabras: el imperio del logos. Con la emergencia de la TV y su fusión con la política, la dimensión espectacular de la política sufre un proceso de transformación creciente que consiste en “potencias los rasgos de espectacularidad, exacerbar el régimen de la visualidad, en desmedro del espesor argumental”. En: Arancibia, Juan Pablo. Comunicación Política. Fragmentos para una genealogía de la mediatización en Chile. Universidad Arcis, Santiago de Chile, 2006, p.70.
[4]Martínez, Gustavo, El impacto de la televisión en la comunicación política moderna. En: www.comunicacionpolitica.blogspot.com.
[5] Arancibia, op. cit, p.71.
[6] Ibid, p.71.
[7] Martínez, op. cit.
[8] Personalización aquí será entendida en un sentido extenso: no se remite sólo a las referencias de índole personal de los dirigentes, sino a la excesiva nominalización de los procesos políticos que producen los medios de comunicación.
[9] Martínez, op. cit.
[10] Ibid.

Sunday, December 10, 2006

Augusto Pinochet Ugarte: A este muerto no lo cargo yo…*

Esta es una crónica de ficción. Una ficción sobre lo que pasará con la inevitable e impredecible muerte de Pinochet. ¿Qué pasará, dónde yacerá, cómo serán sus honores? ¿Quién lo recordará? ¿En cuánto tiempo será olvidado? ROCINANTE embarcó a sus cronistas en esta máquina del tiempo. He aquí el resultado.

Por Smith & Wesson**

Jueves, 9 de marzo de 2006.

Ha muerto Pinochet. El primer infante de la patria. El Capitán General. Sus títulos dan para más todavía: ex comandante en jefe, ex Presidente, de la Junta Militar y del país; ex senador vitalicio. Católico y alguna vez masón, Augusto José Ramón Pinochet Ugarte, alias Daniel López, estiró la pata. Y como dijo un colega, su cadáver se ha transformado en el objeto más indeseable del país.

El tirano se murió de viejo en una habitación del Hospital Militar, a dos días del cambio de mando. Lo internaron apenas unos días atrás, a causa de unos sofocos producidos por su enésimo procesamiento. Habían descubierto que no le pagaba imposiciones a los conscriptos que arreglaban el jardín de doña Lucía. Todo el mundo pensó en un nuevo show para eludir la justicia. Pero no. Esta vez fue la definitiva.

La pelá nos arrancó a Augusto de las manos.

Ese mismo 9, en la tarde.

Dicen que Ricardo Lagos se avejentó de golpe. Quedaban apenas dos días para el cambio de mando y había sorteado la peor de sus pesadillas: enterrar a Pinochet durante su gobierno. Se comenta incluso que tenía un whisky en la mano cuando recibió la noticia. No probó ni un sorbo.

Insulza, Vidal, Ravinet, todos andan descompuestos. Todos se tropiezan con las palabras, andan como retraídos, con la presión alta. Piensan: ¿Cómo nos pudo ocurrir esto a nosotros? ¿Justo ahora? Secretamente, el mayor placer que sentían los personeros de La Moneda era endosarles la personalidad de ese muerto al siguiente gobierno. Que ellos se las arreglen: a ése muerto no lo cargo yo. Pero el destino les jugó chueco.

Los periodistas preguntan: ¿Habrá duelo oficial de tres días? ¿Dónde lo van enterrar? ¿Quién dará los discursos? Vidal, bronceado y recién llegado de sus vacaciones en Maitencillo, contesta con torpeza. Balbucea, suda frente a las cámaras. Es que en el palacio tenían un plan, pero con la emoción lo ha olvidado. Y como nunca hablaron de aquello ni tomaron nota, están desesperados. Vidal se refugia en su oficina, a esperar una llamada. La llamada.

Pero Cheyre no llama. Está arrancándose los pocos pelos que le quedan. También en 2006 él deja la comandancia, y acariciaba la idea de que la muerte de Pinochet fuera un problema para su sucesor. Piensa: por más que he intentado retomar la doctrina Schneider, por más intentos de modernizar y despolitizar las filas del ejército, Pinochet es mi karma, mi joroba. ¿Debo hablar en su funeral? ¿Ser condescendiente? ¿Emplear la capilla de la Escuela Militar? ¿Lo enterraremos allí?

Cheyre llamó de madrugada al ministro de Defensa, como estaba previsto. Pero no ha vuelto a comunicarse con el gobierno. Está aturdido y confundido.

Los únicos que tienen la película clara son los familiares del ex dictador. Exigen los honores correspondientes a un ex jefe de Estado, duelo oficial y todo eso. Algunos miembros de la derecha dura los apoyan, pero discretamente. Sergio Onofre Jarpa y Alberto Cardemil han realizado gestiones para el caso, pero sin que se entere nadie. Hermógenes Pérez de Arce ha sido más evidente. Ha despolvado escritos que defienden la “obra” de Pinochet y ha hablado en cuanta radio y canal de TV se le ha puesto por delante.

El resto de la derecha guarda silencio. Aprendió la técnica de Pinochet de actuar sólo al final, cuando esté pelado el chancho. De tirar la piedra y esconder la mano. A veces, Longueira quisiera correr y abrazar a llantos el cadáver del refundador de la Patria, pero Joaquín lo ataja, le da un par de cachetadas y le dice: nada de desmadres, saca tus cálculos. Estamos apenas a dos días del cambio de mando. No vuelvas por el camino recorrido. ¡Qué viva el cambio!

La izquierda de a de veras también lo tiene claro: Pinochet no merece ningún honor ni ceremonia, por cuanto todas sus investiduras fueron frutos de la traición y el crimen. Por ellos, que Pinochet no se hubiera muerto: ojalá hubiera vivido cien años, para responder por todos los abusos cometidos. Secretamente, algunos de los dialécticos piensan que, de existir otra vida, el tirano se encontrará con sus muertos, y allí le ajustarán cuentas.

Viernes 10, muy temprano

Lagos no ha podido dormir. Está agitado, sudado, irreconocible. La barba crecida, el pelo cano, la camisa fuera del pantalón. Su famoso dedo índice tiembla. Afuera, la prensa nacional y extranjera está expectante. La secretaria del Presidente le lleva un café muy cargado, le arregla la corbata. Lagos respira profundo y da un suspiro, y avanza a paso firme por el patio de los naranjos, tragándose todo el ardor de su noche trémula. Abre la boca. Los periodistas graban:

-El gobierno ha decretado tres días de duelo oficial por la muerte del general (R) Augusto Pinochet. No se trata de honores especiales ni reconocimientos póstumos personales. Es lo que corresponde a un ex mandatario. Hay que dejar actuar a los protocolos.

Agradece y se va. Sabe que se le viene una bomba. La tan trabajada imagen exterior de Chile se puede ir al carajo si se equivoca en un asunto como éste. Aunque está cercado por las circunstancias. Cuando se trata de Pinochet, no se puede dejar contentos ni a moros ni a cristianos. Unos le reclamaran una excesiva deferencia, otros honores insuficientes. Y el mundo juzgará, de acuerdo a su actuación, la calidad de la democracia en Chile.

La Moneda de inmediato echa a andar la máquina. Lagos parte en intempestiva gira de un día y medio a Isla de Pascua. Estará de vuelta sólo para el cambio de mando. Todo el gabinete guarda hermético silencio. Ravinet está sulfurado. Aunque lo sabía, le incomoda. En su calidad de ministro de Defensa, será el representante oficial del palacio en el funeral. Eso sí: no dirá ni una palabra, ni obsequiará banderas, ni cargará el ataúd ni nada por el estilo.

Las reacciones no se hacen esperar. La derecha no pide honores, pero dice que la actuación del gobierno es pálida e insuficiente. Parece que nunca dejarán de ser oposición. Los comunistas alegan que tres días es mucho, que el señor Lagos se olvida que Pinochet mandó a enterrar a Allende en secreto y sin ceremonia. Que ninguno de sus muertos tuvo tampoco sepultura como es debida. ¿Y qué hay de Prats?

Vidal esgrime un argumento: ya con José Toribio Merino se efectuó un duelo similar. Pero es como echarle más leña al fuego. En su fuero interno, Vidal sabe que en este tema le entran balas, no sólo a él sino a toda la Concertación. Como buen profesor de historia, Vidal sabe que al recibir la banda presidencial de manos de Pinochet, el año 90, Aylwin reconocía al ex dictador su calidad de Presidente legítimo.

Ese mismo día, a media tarde.

En la Escuela Militar cunde el pánico. No es temor en sentido estricto: es pavor al juicio de la historia sobre cómo se desempeñen los militares en las próximas horas. Cheyre luce unas ojeras que le parten la cara. El cura Hasbún quiere oficiar la misa de responso en la Dehesa. En el Obispado Castrense no tienen ningún problema en que lo haga. Se ahorran un dolor de cabeza. Pero Cheyre les encomienda a ellos la labor. Es que el cura Hasbún es muy mala publicidad.

La familia de Pinochet quiere que todo el mundo militar esté presente. Cheyre le promete que él estará, y también parte del alto mando. Pero no puede hablar por el resto e las ramas de las fuerzas armadas. Doña Lucía quiere salvas. Cheyre dice que se verá. Doña Lucía quiere enterrarlo en el mausoleo familiar. Cheyre sonríe: eso lo alivia de un problema mayúsculo.

Una de las hijas de Pinochet esgrime una carta en la que su padre pide ser enterrado en el altar de la Patria, junto a O’Higgins. Unidos postreramente el fundador y el refundador de la nación. Alguna vez se jugó con la posibilidad de dejarlo yacer en la Escuela Militar. Pero a Cheyre le incomoda enterrar ahí a alguien que, mal que mal, persiguió y encarceló oficiales constitucionalistas.

Además, aunque nadie lo diga, el prestigio militar de Pinochet quedó por el suelo luego de los escándalos bancarios. El ejército puede tolerar los abusos de poder, los “excesos” en derechos humanos, pero no “tirar las manos”. Para el buen Cheyre, lo que queda del tirano es algo cercano a la caricatura de un dictador bananero.

Así que las intenciones de Lucía, de enterrar a su marido en el mausoleo Pnichet Hiriart del Cementerio General, quitándole de paso las posibilidades de descansar a las puertas de la historia como los grandes –como sus admirados Franco o Napoleón –, le viene como anillo al dedo a Cheyre. El comandante comunica la decisión de “Lucy” a Ravinet, y éste a Lagos. En La Moneda respiran un poco más tranquilos.

En ese mismo momento, los asesores del segundo piso del palacio de gobierno hacen cálculos. La premisa es convertir un mal momento en una gran oportunidad. Piensan: ahora podemos, de una vez por todas, cerrar la transición. Piensan en frases para el bronce: “no hay mañana sin ayer”, “dar vuelta la página”, “la historia es maestra de vida”. Telefonean a los tribunales, les piden que llamen a la calma, que digan que los juicios sobre derechos humanos no se van a cerrar ni a acelerar sumariamente. Ahora, sí que sí, se sabrá la “verdad histórica”. Desde la Suprema les advierten que Augustito, el primogénito, se llenará de querellas hasta el cuello. Sin la sombra del padre sus chanchullos y pinocheques no quedarán impunes.

11 de marzo, el gran día

Es el cambio de mando. Todos aguantan la respiración.

Lagos llega de Isla de Pascua en la mañana, muy temprano. No pasa por su casa ni por La Moneda: se dirige directamente al Congreso nacional en Valparaíso. Tiene claro que no va a ser una ceremonia normal, que está ensombrecida por la muerte de Pinochet.

Pero Lagos quiere usar esto en su beneficio. En el Congreso pleno, frente a toda la clase política del país, desea transformar ése, el último día de su mandato, en el último día de la transición chilena. Desea quitarle a Pinochet el lugar en la gran historia. Piensa que tal vez la Divina Providencia, a la que tantas veces acudió el ex dictador, hoy le sonría a él.

Otra ceremonia tiene lugar en el mismo momento en el Cementerio General. Se trata del funeral de Gladys Marín, la histórica secretaria general del Partido Comunista. Había muerto un día antes de su eterno adversario político y, a diferencia de éste, su deceso no produjo ni el alboroto, ni la incomodidad de la muerte del general (r). Muy por el contrario, su figura convocó una grata y extendida solidaridad. El recuerdo amable y humano de amigos y enemigos de todo el espectro político nacional y mundial.

Personajes de la derecha liberal como Sebastián Piñera y Alberto Espina reconocieron sus dotes y gestos por la democracia. Incluso la prima de Pinochet dijo sentirse apenada por su deceso. Pero la muerte del ex Capitán General le quitó las portadas de los diarios a tan magno evento. Ahora Gladys es supaltada en compañía de todos los suyos y de otros no tan suyos. El cementerio está lleno para despedir a la Gladys, nuestra Gladys.

Algún compañero militante reflexiona: ¿quién hubiera imaginado que los dos partirían juntos del terruño, como dos gemelos de sangre? Incluso corre el rumor, malicioso, que Gladys, antes de morir, habría suspirado: “Me voy, pero no me voy sola”.

Domingo doce de marzo, una luminosa mañana

El sol cae implacable frente al mausoleo Pinochet Hiriart. Quizás no están todos los que debieran estar, pero el momento de enterrar el cadáver de Pinochet ha llegado.

Son pocos los que asisten al sepelio, oficiado por el capellán castrense. Hasta último momento el cura Hasbún quiso concelebrar, pero Cheyre fue indolente y consiguió que los tribunales decretaran el arresto domiciliario del sacerdote para “protegerlo se sí mismo”.

Sólo un puñado de señoras sin dientes, fotos y carteles en mano, corean el nombre del ex dictador. No hay empresarios prominentes. Ni siquiera se aparecieron Longueira, Novoa o Lavín. Sólo se avista a Hermógenes Pérez de Arce y a Iván Moreira, quien había amenazado con hacer una huelga de hambre si el gobierno no decretaba duelo oficial. Cardemil y Jarpa permanecen discretos en segunda fila, cubiertos por unos gruesos lentes oscuros. También levan gafas el comandante Cheyre y el ministro Ravinet, pero los adminículos no logran ocultar sus caras descompuestas. Están, por supuesto, la familia de Pinochet y los miembros de su fundación, encabezados por los generales (r) Guillermo Garín y Luis Cortéz Villa. Ellos y la “Lucy” son los únicos que sollozan.

No hay más adeptos. No hay masas despidiendo al Capitán General. Pinochet se muere solo. Nada queda de aquel general que quiso emular a Franco y que se identificaba con Napoleón y Alejandro Magno. A la postre, su eterna desconfianza, su cazurrería, su ladinidad, las constantes traiciones y el robo descarado le jugaron una mala pasada.

En ese mismo instante, afuera del cementerio, y en los días que seguirán, se repetirán las manifestaciones de repudio al fallecido dictador, las necrologías rimbombantes en los periódicos y los especiales de TV. Por todas partes se difundirán las últimas palabras de Lagos como Presidente: “La transición acabó conmigo”. Se sucederán las entrevistas intentando comprender y analizar la vida y obra del general. Y más de alguno rayará su mausoleo con consignas prosaicas pero precisas.

Sabemos incluso de un grupo satánico que pretende exhumar el cadáver para revivirlo y rendirle culto.
*Artículo publicado en Revista Rocinante en 2005
*seudónimo de Claudio Salinas y Hans Stange.

Monday, December 04, 2006

Mediocentrismo y política: los medios totalizantes[1]


Claudio Salinas

Es innegable que este último mes ha sido pródigo en noticias e informaciones que aluden a Chiledeportes y, por extensión, a cualquier caso que huela a corrupción, estafa, malversación de fondos, etc. Por la misma razón un análisis de comunicación política no puede soslayar un monitoreo riguroso del día a día de una noticia de implicancias profundas.

Pero en esto no puede consistir exclusivamente un análisis de Comunicación Política. Debiera considerar algo más que una dimensión cuantitativa. Debiera integrar otras dimensiones –si se quiere- propiamente políticas: implicancias para la alianza de gobierno, relaciones al interior de la Concertación, antecedentes del caso (que es el marco procesual en el que se inserta), actores implicados, escenarios posibles, etc. El reclamo por la aparición de variables que excedan los medios da cuenta de cómo se está entendiendo la comunicación y la política, además nos habla del lugar de la enunciación. Finalmente, nos reenvía a la perspectiva que se pone en operatoria para entender la mediatización de la política.

Poner el acento exclusivamente en los medios para verificar la política nos podría indicar que los medios –en especial la TV- subsumen al orden de la política y el discurso. Los medios de comunicación determinarían todo el accionar de la política (de ahí que algunos politólogos –Bourdieu y Sartori, por mencionar algunos- ensayen conceptos como personalización de la política, videopolítica, espectacularización de la política, mediatización de la política, etc.). En otras palabras el contenido se subsumiría en la mera forma de los formatos mediáticos.

Ahora bien, si entendemos la Comunicación Política como la conjunción entre periodistas, políticos y la opinión pública (Dominique Wolton), el presentar sólo un catastro de apariciones de lo político en los medios nos indicaría que no está operando la reunión de esos tres componentes. Todas esas dimensiones estarían supeditadas a los medios de comunicación, en especial la televisión.

Ni subsunción de la política en la comunicación, ni una política consumiendo cualquiera operación mediática. En cualquiera de estos casos lo que se revela es un intento de simplificación de la relación entre la comunicación y la política. Tal reducción adoptaría una sola estrategia: resumir al fenómeno político a la mera suma de hechos sucesivos cubiertos por todo el sistema mediático.

Por todo lo dicho, tal vez, habría que evitar todo tipo de reduccionismo reinstalando una mirada integradora y multidimensional de la política y la comunicación. Una mirada que conciba a la Comunicación Política como un campo de análisis en el que las dimensiones no se anulan, sino que son condiciones de posibilidad. En otras palabras entender el fenómeno de la comunicación y política en sus componentes y en los cambios que operan en esos territorios los medios de comunicación.

Finalmente rescatemos una sentencia: “Asimismo, si pensamos a la televisión y a todo el tramado mediático como un campo general de discursos, propio y consustancialmente político, donde precisamente adviene y acontece la disputa, donde se visibilizan narraciones y agentes, se configuran los lenguajes y se traman los sentidos, entonces la televisión no es sólo un espacio geográfico o virtual donde se formalizan unos contenidos, sino que ella misma es parte constitutiva y constituyente del litigio por la hegemonía interpretativa de la sociedad”[2].
Referencias
[1] Comentario a propósito de exposición sobre Chiledeportes y sus dimensiones desde una perspectiva de Comunicación Política.
[2] Arancibia, Juan Pablo. Comunicación Política. Fragmentos para una genealogía de la mediatización en Chile. Universidad Arcis, Santiago de Chile, 2006. p.92.

Thursday, November 30, 2006

Trayectos del espacio público. Ciudadanía y participación en la escena contemporánea




Claudio Salinas

Espacio público: lugar de aparición de sujetos, lugar de escenificación de la política, lugar de discusión sobre temas colectivos, esfera de discusión sobre temas surgidos en un ámbito privado pero con vocación pública, lugar de constitución de comunidad y de grupos pertenecientes a la sociedad civil, que demandan soluciones al Estado o a sus gobiernos locales; hoy, lugar ampliado y resignificado por los medios de comunicación, en especial, las imágenes televisivas y las redes informáticas.

El término espacio público ha sido, tal vez, el que más cambios ha soportado con el paso del tiempo, desde la Grecia Clásica hasta nuestras sociedades de matriz postindustrial. Por ello, para efectos de este artículo, se hace necesario el desarrollo descriptivo de las distintas formas históricas que ha adoptado esta esfera. Además, es pertinente, puesto que en él se han inscrito –y se inscriben- formas de participación de sujetos, de comunidades, de individuos privados que escenifican sus inquietudes y sus maneras de estar en sociedad.

Distintos autores (desde Aristóteles a Habermas o Hanna Arendt) han definido la esfera de lo público en relación con su opuesto, el espacio privado. A la manera de un binomio vinculante, en el que una definición de una esfera importa la comprensión de la otra. De esta forma, en Grecia y en Roma (paradigma clásico) las esferas de lo público y lo privado aparecen bien diferenciadas.

“La esfera de lo privado gira en torno al domicilio doméstico (oikos) y en ella tiene lugar la reproducción de la vida, el trabajo de los esclavos, el servicio de las mujeres y todo aquello relacionado con la necesidad y la transitoriedad ¨(la economía). La esfera de lo público (Koiné), en cambio, se refiere a todas aquellas actividades públicas donde el ciudadano, liberado de las cargas domésticas, puede participar como ser libre en las actividades cívicas (políticas) y comunes”1 (Monzón, 1996, p.29).

La esfera pública, se caracterizará, en este tipo de publicidad, por la competencia entre iguales y la búsqueda de lo mejor [bien común]. En la concepción clásica la política y el espacio público coincidirán.

Hanna Arendt en su texto La Condición Humana cuando realiza su análisis de la relación entre lo público y lo privado tiene a la vista el espacio “ideal” de funcionamiento de los términos, el modelo griego. De alguna manera, en su análisis de la situación actual de la política y el ámbito de lo público, lo que pone en juego son las categorías heredadas de ese “ideal”. En Grecia la propiedad privada, dice Arendt, permitía ingresar a la esfera de lo público, de la política. El señor del oikos era ciudadano de la polis y, por ello, miembro con plenos derechos de la comunidad política. El bien común, no obstante, no se identificaba con las riquezas privadas (Arendt, 1993, p.62.).

Para el filósofo francés Jean- Marc Ferry (1998, p.13) en la Grecia antigua lo “que hoy se llama “espacio público” remitía entonces a la plaza pública, o sea, al lugar concreto donde los ciudadanos deben reunirse para debatir sobre asuntos concernientes al gobierno de la ciudad”. Por ello, el espacio público delimitaba los problemas y los tipos de sujetos que se podían desarrollar en él. Era un ámbito exclusivo, excluyente y normativo. Normativo, porque fijaba las reglas del juego político y de las relaciones entre los ciudadanos y las maneras de aparecer en la escena de lo público.

En la Baja Edad Media, en cambio, la contraposición entre las esferas de lo público y lo privado casi no es utilizada, por lo que parece más correcto acudir a términos germánicos como “común” y “particular”. Es común aquello que es accesible o está abierto para todo el mundo y es particular lo que es propio y de uso exclusivo (1996, p.29). Es sólo en la Alta Edad Media cuando la categoría de lo público va unida estrechamente a la figura o papel que el señor feudal debe representar ante los demás. “La publicidad representativa no se constituye aquí como un ámbito social o una esfera de la publicidad, sino como una característica del status social: el señor feudal, siempre encaramado en su jerarquía, está por encima de lo ‘público’ y lo ‘privado’, pero su status lo representa públicamente”(p. 29). Lo público se escenificará, en consecuencia, en ciertos atributos personales y en ciertas retóricas: fiestas (torneos), representaciones de tipo religioso o en un sistema de virtudes cortesanas y eclesiásticas.. El pueblo quedará siempre fuera, como espectador, porque la representación exige la distancia y cierta aureola de misterio. Nuevamente, la distinción o indistinción de las esferas de lo público y lo privado autorizarán y desautorizarán a ciertos sujetos a desenvolverse en ellos, así como también la forma y el tipo de inserción y participación en dichos espacios.

Para el filósofo político alemán Jürgen Habermas el último vestigio de la publicidad representativa se encarnará en la monarquía de Luis XIV. Dice Habermas:
“La última forma de la publicidad representativa y retirada en la corte del monarca y, al mismo tiempo, agudizada, es ya una reserva en medio de una sociedad que se está separando del Estado. Sólo ahora comienza a escindirse las esferas pública y privada en un sentido específicamente moderno”. (Habermas, 1981, p. 50)

Richard Sennet nos recuerda que a fines del siglo XV en Inglaterra se identificaba lo público con el bien común en sociedad y, luego, el concepto aludirá a todo lo que está abierto a la consideración general. Lo privado, en cambio implicará una región de la vida amparada y definida por la familia y lo amigos (1996, p. 31). Todas estas distinciones tienen como telón de fondo “un nuevo marco de relaciones que se apoyará en lo que Habermas llama tráfico de mercancías y noticias” (p. 30). La esfera del poder público se objetiviza en una administración constante y en un ejército permanente y la categoría de lo ‘público’ se reserva, no ya para la corte, sino para lo estatal y su funcionamiento. Es lo que se conoce como publicidad burguesa (segundo modelo paradigmático de publicidad).

La prensa periódica ahora jugará un rol importante, puesto que no sólo informará de las más diversa noticias, sino que las mismas se convertirán en mercancía. Además, la autoridad central utilizará a la prensa para dar órdenes y disposiciones, convirtiendo a los destinatarios (unos pocos) por primera vez en público. Pero, dadas las circunstancias de analfabetismo y pobreza los mensajes estarán restringidos a unos pocos estamentos ilustrados que constituyen al público lector: juristas, profesores, médicos, curas, oficiales, etc. En esta capa se irá generando una esfera de discusión, crítica, el llamado público político, que juzgará las decisiones adoptadas por el Estado. “Cuando este grupo de ciudadanos, crítico y raciocinante, levante su voz y se convierta en sujeto y destinatario de los mandatos de la autoridad, entonces habrá nacido la opinión pública” (p. 32).

1.Ilustración y espacio público

El espacio público burgués nos reenvía a la Ilustración, a un espacio público “moderno ideal”, centrado en la categoría de Publicidad y que se despliega en los debates, en las leyes, en la crítica y en los juicios, entre otras formas de aparición de lo público. Dice Ferry:

“Al comienzo, el ‘espacio público burgués quizás correspondía a la institucionalización de una crítica que empleaba los medios de la moral para reducir o ‘racionalizar’ la dominación política. En el contexto de la época [siglo XVIII], eso significaba ‘impugnar el principio absolutista”. (1998, p. 15).
Ferry, al igual que Habermas, señala que el dominio público se convierte en espacio público a través de la fuerza exterior de la crítica. Dice Ferry:

“El impulso no viene desde ‘arriba’. Viene de ‘abajo’, cuando las personas particulares [privadas], reunidas en los salones, los cafés y los clubes constituyen las primeras ‘esferas públicas’ burguesas para intercambiar sus experiencias. La autonomía privada de la conciencia individual, núcleo del espacio público moderno, adquiere su propia fuerza de la crítica”. (p. 15)

De esta manera, el espacio público se convierte en una especie de tribunal en el que los individuos le pedirán razones a la política. Es lo que Kant en su texto ¿Qué es la ilustración? (aparecido en periódico en 1784) denominó como la emancipación de las tutelas, llegar a la mayoría de edad para desplegar el ideal de la razón (Kant, 1979). Aparecer en lo público, participar en esta esfera será, entonces, interpelar de manera argumental a las autoridades constituidas.

Hablar de la Modernidad y del espacio público resulta una tarea incompleta si no acudimos a los desarrollos teóricos de Habermas, quien definirá al espacio público como “un ámbito de nuestra vida social [aparecerá la emergencia de ésta], en el que se puede construir algo así como opinión pública. La entrada está fundamentalmente abierta a todos los ciudadanos” (1981, p. 53). Estos ciudadanos se comportan como público sólo cuando se reúnen libremente y con la garantía de publicar su opinión respecto de la actuación de acuerdo a intereses y problemáticas generales. Y en los casos en que este público se amplíe (como en la actualidad y que se desarrollará más adelante en la investigación) se requerirán otros dispositivos de transferencia como periódicos, revistas, radio o televisión

En la modernidad, según Habermas, la relación del binomio público/privado adquiere otro tipo de dinámicas de funcionamiento, distintas al modelo griego. Dice Habermas:

“La ‘publicidad’ propiamente dicha hay que cargarla en el haber del ámbito privado, puesto que se trata de una publicidad de personas privadas. En el seno del ámbito reservado a las personas privadas distinguimos, por consiguiente, entre esfera privada y publicidad. La esfera privada comprende a la sociedad burguesa en sentido estricto, esto es, al ámbito del tráfico mercantil y del trabajo social; la familia, con su esfera íntima, discurre también por sus cauces. La publicidad política resulta de la publicidad literaria; media, a través de la opinión pública, entre el Estado y las necesidades de la sociedad” (p. 58).

Habermas también distingue el espacio público político del literario y el lugar que ocupa el Estado en la relación público/privado.“Hablamos de espacio público político, distinguiéndolo del literario, cuando las discusiones públicas tienen que ver con objetos que dependen de la praxis del Estado. El poder del Estado es también el contratante del espacio público político, pero no su parte (pp. 53-54). El Estado rige como poder “publico”, pero necesita del atributo de la publicidad para su tarea, lo público: cuidar del bien general de los sujetos de derecho.

Frente a la publicidad reglamentada por los poderes públicos (el Estado), surge la publicidad crítica, que sustenta el enjuiciamiento público de los intereses generales y las actuaciones gubernamentales. Dice Habermas:

“El pouvoir como tal es puesto a debate por una publicidad políticamente activa. Ese debate está encargado de reconducir la voluntas a ratio, que se elabora en la concurrencia pública de argumentos privados en calidad de consenso acerca de lo prácticamente necesario en el interés universal”. (p. 118)

Por su parte Hanna Arendt señala que en la época moderna, al universalizarse los derechos políticos, la perspectiva social penetra en todos los ámbitos de la vida. Asimismo, surge un nuevo concepto de privacidad, restringido a la intimidad. Este nuevo concepto sobre lo privado se contrapone a la esfera de lo público y también a la esfera de los social. Las tesis centrales de Arendt respecto de la relación del binomio público/privado se pueden agrupar en cuatro dimensiones:

1. La época moderna lleva a cabo la pérdida de nitidez de las diferencias entre el espacio público y la esfera de lo privado. Ambos espacios se subsumen en la esfera de lo social.

2. La esfera social surge de un doble movimiento: “La transformación del interés privado por la propiedad privada en un interés público” y la transformación de lo público en una función de los “procesos de creación de riqueza” (Boladeras, 2001, p. 54). Ésta sería, para Arendt, el único interés común que quedaría.

3. Pero este interés común no crea espacios de sentido compartidos. No crea el sentimiento de pertenencia a una comunidad, puesto que sólo es pertinente para la acumulación de capitales. Dice Arendt: “Lo que hace tan difícil de soportar de la sociedad de masas [a mediados del siglo XIX] no es el número de personas, o al menos no de manera fundamental, sino el hecho de que entre ellas el mundo ha perdido su poder para agruparlas, relacionarlas y separarlas” (1993, p. 62). Se advierte una comunidad fragmentada que deriva en una participación política atomizada y subsumida en un cúmulo de opiniones carentes de una razón argumentada.

4. El descubrimiento de la intimidad en la modernidad “parece un vuelo desde el mundo exterior a la interna subjetividad del individuo, que anteriormente estaba protegida por la esfera privada” (p. 75). Entonces a lo que se asiste, también, es a la disolución de lo privado en lo social. Y, con ello, la pérdida de los límites de las esferas, su desplazamiento y la colonización de lo privado por lo público o, desde otra perspectiva la invasión de lo privado en lo público.

La visión ideal de Habermas sobre la formación de lo público en la crítica política fruto del intercambio comunicativo sufre alteraciones radicales con el advenimiento de la “sociedad de masas” (Ortiz, 2002, p. 112). “La estatalización de lo público y su intromisión en todos los ámbitos de la vida del ciudadano se ha apoyado en la transformación paulatina de los medios de comunicación en instrumentos de entretenimiento y dominación de las masas” (1981, p. 75). El público antes discutidor se transforma en un público atomizado y fragmentado en minorías de especialistas no públicamente raciocinantes, por un lado, y en la gran masa de consumidores receptivos, por el otro. Dice Habermas:

“Como es natural, el consensus fabricado tiene poco en común con la opinión pública, con la unanimidad final resultante de un largo proceso de recíproca ilustración; porque el ‘interés general’, sobre cuya base .... podía llegar a producirse libremente una coincidencia racional entre las opiniones públicamente concurrentes [publicidad burguesa o moderna], ha ido desapareciendo exactamente en la medida en que la autorepresentación publicística de intereses privados privilegiados se lo iba apropiando” (p. 262).

Para Habermas el sujeto político que aparece en la sociedad de masas no es el individuo del liberalismo, sino los grupos sociales y las asociaciones que desde los intereses de determinados sectores privados influyen en decisiones políticas. O bien desde las instancias políticas intervienen en el tráfico mercantil y en la dinámica del mundo de la vida, de especial incidencia en el ámbito de la privacidad. Privatización de lo público, politización de lo privado: transgresión múltiple de una delimitación legal y éticamente tipificada. Visión, claro está, idealista y pesimista de la relación entre lo público y lo privado como si alguna vez fue demasiado claro sus vértices y sus fronteras. Esto con el advenimiento de la “sociedad de los medios” –matriz postindustrial- será aún más tensionado hasta diluirse en una exclusiva declaración de principios normativos.

Sin lugar a dudas, tanto la perspectiva de análisis de Arendt como la de Habermas son, en gran medida, críticas del espacio público surgido en la “sociedad de masas” que dificulta la pervivencia de una publicidad crítica, el segundo cree ver en las posibilidades existentes una oportunidad para su despliegue. Dice Habermas:

“El cambio de función que en el Estado social experimentan los derechos fundamentales, la transformación del Estado liberal de derecho en Estado social, en general, contrarresta esta tendencia efectiva al debilitamiento de la publicidad como principio: el mandato de la publicidad es ahora extendido, más allá de los órganos estatales, a todas las organizaciones que actúan en relación con el Estado. De seguir realizándose esa transformación, reemplazando a un público –ya no intacto- de personas privadas individualmente insertas en el tráfico social, surgiría un público de personas privadas organizadas. En las actuales circunstancias, sólo ellas podrían participar efectivamente en un proceso de comunicación pública, valiéndose de los canales de la publicidad interna a los partidos y asociaciones, y sobre la base de la notoriedad pública que se impondría a la relación de las organizaciones con el Estado y entre ellas mismas. El establecimiento de compromisos políticos tendría que legitimarse ante ese proceso de comunicación pública” (p. 257).

2. Espacios públicos ampliados, participación y ciudadanía

Tanto el modelo clásico como el moderno del espacio público aceptan un principio argumentativo, remiten ambos a un contexto de “Ilustración” en sentido amplio, proclive a la democracia. La base original se mantiene: la argumentación pública y la discusión racional dirigidas sobre la base de la libertad formal y de la igualdad de derechos.

No obstante estas continuidades en la concepción del espacio público, no deben desconocerse las mutaciones que, desde mediados del siglo XIX, ha sufrido la estructura de la Publicidad. “Al respecto, los hechos directamente importantes son el advenimiento de las ‘democracias masivas’ y de los ‘medios de comunicación masiva’, así como también la evolución tan sustancial de los derechos fundamentales” (1998, p. 17). Las democracias masivas importan la disolución de los límites entre las esferas pública y privada que tanto sacralizaba la Modernidad. Lo público y lo privado pierden su nitidez porque se “han diluido en gran medida en el elemento ‘social’. Además, el ‘reino de la crítica’ parecía subvertido por el reino de la opinión” (1998, p. 17).

Con el advenimiento de las democracias masivas la “opinión pública” ya no parecería ser el concepto heredado de la Ilustración, concepto normativo e ideal de una opinión sustentada en un proceso formado por la razón. Designaría más bien a la masa segmentada de opiniones particulares en la que se desarrollarían intereses conflictivos. La comunidad de personas privadas acudiendo al “encuentro” de una realidad colectiva y sometiendo a escrutinio al poder ya no tendría más lugar. Con ello, por supuesto, desde este concepción se apreciaría la cada vez más difícil participación en los asuntos comunes. De otra manera, intereses muy privados e instrumentales se tomarían la escena de lo público, cada vez más en tensión con las preocupaciones cada vez más privadas. Serían los intereses parciales de la sociedad los que colonizarían las preocupaciones de lo público y de la polis.

De una cosa podemos estar seguros. El espacio público se ha ampliado tanto como se han diluido sus límites con lo privado y con el ingreso de una masa heterogénea de opiniones e individuos con intereses y demandas de diversa índole. “¿Qué ‘razón’, qué racionalidad política se podría esperar, en efecto, de un espacio público democráticamente ampliado hacia esa masa heterogénea de las opiniones de individuos y de grupos, en los que se expresa la diversidad conflictual de intereses parciales de la sociedad civil?” (pp. 17-18).

Ferry cree que las mutaciones en el espacio público imponen hoy una redefinición sociológica del espacio público político. La redefinición estaría justificada por el advenimiento de la “sociedad de los medios”, un siglo después del de la “sociedad de masas”. En esta redefinición el espacio público será el “marco mediático gracias al cual el dispositivo institucional y tecnológico propio de las sociedades postindustriales es capaz de presentar a un ‘público’ los múltiples aspectos de la vida social” (p. 19). Por “mediático” debemos entender lo que mediatiza la comunicación de las sociedades consigo mismas y entre sí. Y el público ya no refiere o se limita al cuerpo electoral de una nación. Más bien se trata de todos aquellos en posición de percibir y comprender los mensajes difundidos en el mundo.

En consecuencia, el “espacio público es el medio en el cual la humanidad se entrega a sí misma como espectáculo” (p. 20). Pero este “espacio público” no estará sólo conformado por la imagen y la palabra espectaculares. Lo componen también elementos del discurso, del comentario y de la discusión, heredados de los espacios públicos tradicionales. De lo que se trata no es de la supresión de los espacios públicos antiguos, sino de la ampliación y de la diversificación de las esferas. Ante las transformaciones sociales operadas desde la segunda mitad del siglo XIX (por la industrialización, la alfabetización, el auge de la prensa y la configuración de un Estado eminentemente administrativo) y el evidente desarrollo de los medios de comunicación, la relevancia que antaño tenían aquellos lugares de intercambio de visiones entre los ciudadanos y quienes dirigen los estados, ha ido disminuyendo. “No obstante, es claro aún que la existencia de espacios es esencial a la hora de evaluar el grado de democracia alcanzado por una determinada sociedad” (Babul, 2004, p. 57).

Si bien las formas anteriores de publicidad no desaparecerán, el espacio público (o los espacios públicos) en la era de la “sociedad de los medios no sólo aparecerá redefinido sino que también ampliado. Dice Ferry:

“En el marco de representación que proporciona el espacio público a las sociedades humanas, las sociedades civiles, políticamente delimitadas por las fronteras de Estados naciones, no obstante penetran sin problema unas en otras, de modo que el espacio público no es sólo el lugar de la comunicación de cada sociedad consigo misma sino también, y quizás ante todo, el lugar de una comunicación de las sociedades distintas entre sí” (1998, p. 20).

Y la ampliación es doble: por un lado el espacio público se puede comprender como un medio privilegiado para la formación de una identidad colectiva, a través de la apropiación de la historia. Por otro, la “considerable extensión vertical del nuevo espacio público se relaciona con la escenificación y la temificación de episodios hasta hace poco relativamente ‘privados’ de la intimidad profesional, familiar o conyugal, y más allá, de la intimidad ‘ultima’ de los fantasmas inconscientes y de las angustias reprimidas” (p. 20). Se escenificarán públicamente aspectos de la vida que son a tal punto privados que los que conformaban el público se preocuparían de problematizarlos en la misma intimidad de sus hogares.

La prensa –y por cierto la televisión- en este espacio público ampliado jugará un rol importante. Es la encargada de visibilizar y de representar, de alguna manera, en “calidad de ‘opinión pública’ un aspecto de la sociedad civil sociológica y políticamente distinto del ‘cuerpo electoral. “(...) Si se habla razonablemente de la prensa como de un ‘cuarto poder’, es en la medida en que, a diferencia de los institutos de sondeo –y a semejanza de los que tienen la decisión política-, más allá de la clientela comercial, apunta a una comunicación privilegiada con su público politizado” (p. 24). El poder que ha adquirido la comunicación quizás esté ligado a la creciente dificultad que tendría el Estado en implicar a los ciudadanos, a los sujetos organizados o no. Además el Estado-nación (matriz nacional-popular) se encuentra, en la era de la globalización, desprovisto del poder de decisión en muchos ámbitos que antes eran preocupación de la polis.

En cualquiera de los casos, la subversión del principio normativo ilustrado por el principio mediático de aparición, tiende a desestabilizar o a introducir lógicas y formatos específicos en el hacer público y en la política. En el plano interno la representación política clásica aparecería un tanto desplazada por las formas de resolución de conflictos propias de los medios de comunicación. En esta mediatización de la política y lo público se advierte la imposición de soluciones guiadas, en consecuencia, por una lógica de lo efímero, de la instrumentalización de las demandas –en muchos casos muy privadas- y la aparición y desaparición de las mismas al ritmo impuestos por los medios, en especial por la “máquina de visión”.

El semiólogo argentino Eliseo Verón ha señalado que la televisión se ha constituido en “el sitio por excelencia de producción de acontecimientos que conciernen a la maquinaria estatal, a su administración, y muy especialmente uno de los mecanismos básicos del funcionamiento de la democracia: los procesos electorales, lugar en que se construye el vínculo entre el ciudadano y la ciudad. En otras palabras, ya estamos en la democracia audiovisual”(Verón, 1998, p. 125). Lo que se impone es el adagio televisivo –también de las “teletecnologías como internet, por ejemplo- de “lo que no aparece en pantalla no existe”. Pero, también, la pantalla chica será un lugar de opacidad y desaparición de acontecimientos y actores políticos y sociales, por la fugacidad que impone a la escenificación de sujetos y comunidades –que se vuelven igualmente de duración transitoria-. Si la televisión se ha constituido, según algunos, en el nuevo espacio público, “¿cómo evitar que su factura como soporte, sus recursos técnicos, sus géneros discursivos, impongan su propio ritmo, su timing, sus reglas temáticas, compositivas estilísticas, diríamos como Bajtín, a cualquier materia, de la política a la intimidad?” (Arfuch, p. 72). La pregunta no es de fácil resolución pues lo que acontece con la televización de los tiempos de la vida -la política incluida- importaría, como ya se ha dicho, la disolución de todas las situaciones que antes o pertenecían al espacio público (político) o al espacio privado, incluyendo el territorio de la intimidad (se ha producido una colonización de los espacios). Y, además, las lógicas mediáticas se impondrían en la validación y aparición de las demandas por más privadas que pareciesen ser. En la “máquina de visión” cohabitan la ficción declarada, la ficcionalización de la realidad, la tematización de lo político la imposición de sus tiempos.

Espacios públicos ampliados. Mediatización de la política. Pervivencia de espacios públicos paradigmáticos. Dificultad de establecer si se publicita lo privado o se privatiza lo público Fragmentación de opiniones y demandas que ascienden a lo público. Probablemente el problema, al fin de este derrotero que ha seguido el espacio público-político, sea éste: ¿Cómo volver la política algo más que la sola administración de las demandas de microgrupos que, muchas veces, se vuelven de tal manera instrumentales y que se agotan cuando se cumple el petitorio? O de otra forma: cómo definir los problemas privados y agruparlos para convertirlos en una fuerza política y legitimarse en lo público (Bauman, 2000, p. 17).

Referencias

1 Arfuch, L. (2000). Lo público y lo privado en la escena contemporánea: política y subjetividad. Revista De Crítica Cultural (Número 21), 67-74.
2. Arendt, H. (1993) . La Condición Humana. Madrid: Piados.
3. Babul, Francisca. Transformaciones en el espacio público: nuevas relaciones entre las esferas pública y privada. Seminario para optar a la Licenciatura en Comunicación Social. Instituto de la Comunicación e Imagen, Universidad de Chile
4. Boladeras, Margarita. “La opinión pública en Habermas”. En: Revista Análisi, Barcelona. Número 26, 2001, p.54.
5. Ferry, Jean-Marc. “Las transformaciones de la publicidad política”. En: El nuevo espacio público. Madrid, Editorial Gedisa, 1998.
6. Habermas, Jürgen. Historia y Crítica de la Opinión Pública. La transformación de la Vida Pública. Madrid, Editorial Gustavo Gil. 1981.
7. Kant, Immanuel. 1724-1804. Filosofía de la Historia. México. Fondo de Cultura Económica, 1979.
8. Monzón, Cándido: Opinión pública, comunicación y política Madrid,. Tecnos, 1996.
9. Ortiz, Renato. Ensayos sobre el mundo contemporáneo. Argentina. Ediciones Universidad Nacional de Quilmes, 2002, p.112.
10. Sennett, Richard. El Declive del Hombre Público. Madrid. Ediciones Península. 1978.
11. Verón, Eliseo, “Interfaces. Sobre la democracia Audiovisual Evolucionada”. En: EL Nuevo espacio público. Madrid, Editorial Gedisa, 1998.
12. Bauman, Zygmunt. En busca de lo político. Buenos Aires. Fondo de Cultura Económica, 2000.

Sunday, October 29, 2006

Tercera Vía y política en la era de la Concertación (o cómo ha sido leído Giddens)

Claudio

“¿Qué es la política de la tercera vía y que hemos de decir sobre la división entre la izquierda y la derecha? Esta división todavía cuenta, todavía es importante. Esta división separa especialmente la izquierda y la derecha alrededor de los temas de la desigualdad, la creencia en que el gobierno puede hacer y ha de hacer algo la desigualdad y sobre el tema de la radicalización de la democracia”, dice el sociólogo inglés Anthony Giddens en el artículo Más allá de la derecha y la izquierda.

La Tercera Vía, en palabras de Giddens, sería la utilización del centro político para incentivar políticas radicales de profundización de la democracia. Además implicará avanzar más allá del neoliberalismo y de la socialdemocracia, resguardando aquellos rasgos más relevantes de la izquierda. En ese sentido palabras como justicia social, distribución del ingreso y seguridad social cobran una importancia particular.

No nos olvidemos que esas palabras e intenciones cobran sentido en Estados de Bienestar, en estados donde las necesidades vitales, en general, están resueltas o bien hay posibilidades para su resolución. Y donde se puede avanzar –aunque de manera problemática- en temas de la globalización como lo son los derechos de las minorías sexuales, étnicas o bien la inclusión y la participación de los inmigrantes en las políticas nacionales. De alguna manera están en mejor pie para insertarse en los problemas planteados por los procesos de globalización.

La intención, sin embargo, no es detenerse en la programación de la Tercera Vía. La intención es extrapolar algunos de sus trazos en la política de nuestro país, en la retórica política y en los planes de nuestros políticos, en especial del bloque gobernante, del bloque que tiene la potestad de la interpretación de la realidad social de nuestro país, desde hace 16 años[1].

En ese sentido, cuando presidentes como Ricardo Lagos o Michelle Bachelet enuncian políticas de justicia social, redistribución del ingreso, extensiones universales de los planes de salud, bonos compensatorios para los sectores más pobres del tramado social, etc., se pueden pensar algunos escenarios posibles:

a) Un Estado de Bienestar que se preocupa de los problemas de sus ciudadanos
b) Un Estado de Bienestar que intenta profundizar aspectos centrales de la democracia surgida de la dictadura
c) Un Estado que siempre va detrás de las transformaciones políticas, sociales y económicas producidas en el país.
d) Un Estado que confunde las modernizaciones con la Modernidad (procesos estudiados por Jorge Larraín). Punto esencial que devuelve a Chile al contexto Latinoamericano, caracterizado por la confusión entre desarrollo real y modernización.

Probablemente, tanto en el plano de la retórica política como en el nivel concreto, las cuatro dimensiones estén operando cada vez que se anuncian planes “transformadores” de la realidad nacional. ¿Pero en qué realidad operan estas dimensiones? ¿Operan en un Estado de Bienestar en forma o, por lo menos, que en algún momento de nuestra historia lo haya sido? La respuesta es negativa: las terminologías y las transformaciones se enmarcan en un Estado heredado de una dictadura revolucionaria (en palabras de Tomás Moulian) que transformó las bases económicas del país –con muchos costos sociales y políticos, claro está-, permaneciendo en lo sustancial en los cuatro gobiernos de la Concertación.

En la práctica lo que ha acontecido con nuestra socialdemocracia gobernante no ha sido la radicalización de la democracia utilizando el centro político. Lo que ha sucedido es la administración de un Estado de corte neoliberal (aunque se diga lo contrario) a la manera de un gendarme que cuida una fortaleza que deviene en un recinto fortificado e inexpugnable.

Aparentemente podrían haber matices: la Concertación ha hecho esfuerzos de reinstalar formas democráticas en nuestra cultura, ha hecho intentos de incluir a la ciudadanía en algunas tomas de decisiones, ha tratado de ampliar las garantías sociales, etc. Pero, de igual manera, han sido sólo balbuceos en un “partida” ya jugada.

Otra lectura. La existencia de la Concertación se habría desplegado más en el plano de la comunicación política que en la política concreta. Se habría instalado en el terreno de lo simbólico, simulando cambios en el modelo económico, inaugurando “obras” viales más de una vez cada una, propulsando cambios sobre estructuras deficientes (Transantiago es uno de los ejemplos). ¿Nos enfrentamos al fenómenos del gatopardismo?

La centralidad que adquiere este tipo de comunicación política de corte funcionalista es sólo posible –a modo de hipótesis- cuando la política “real”, es decir, la relación partidos políticos, Estado y ciudadanía se debilita. En ese instante emerge con inusitada importancia un tipo de comunicación política que consagra la apariencia de las cosas por sobre la “realidad” de las mismas. En otras palabras, la política de la Concertación se juega más en la mediatización de la vida que en la vida misma. En ese sentido deberíamos alabar a los comunicólogos del bloque oficialista o bien condenar la impericia de la oposición, y preocuparnos por la acriticidad de unos ciudadanos devenidos en meros consumidores.

¿Dónde está nuestra Tercera Vía? ¿Dónde está el “modelo chileno? En ninguna parte. Pero mejor no hablar de ciertas cosas, diría el legendario grupo argentino Sumo. Para qué instalar la pregunta crítica, si la derecha y la centroizquierda no se hacen cargo de ella. Para qué hablar de derecha y socialdemocracia sino está más allá de algo, sino por el contrario: en la indiferenciación política exasperante del más acá. ¿Quién podrá ayudarnos?






[1] La potestad de La Concertación no ha sido amenazada políticamente hasta ahora. Toda vez que aparece la derecha disputándole la centralidad en ciertos temas, la Concertación se ha visto favorecida. Probablemente es la lógica de la indiferenciación, de la opacidad de la política, de la indistinción entre proyectos (si los hay).

Wednesday, October 25, 2006

Periodismo y statu quo

Comentario a presentación Luis Pino, redactor de La Tercera

¿De qué nos habla Luis Pino cuando señala que la dinámica del periodismo es equilibrar dos variables: costos menores y beneficios mayores?

Por de pronto nos indica que su posición dentro del sistema de comunicación es principalmente instrumental. Es decir, sus reflexiones nos reenvían al ejercicio mismo de la profesión, al ejercicio del día a día de las rutinas periodísticas. No nos habla de la reflexión sobre las mismas, ni del funcionamiento interno de la industria informativa. La producción de la noticia parece sólo depender del intercambio comercial entre dos entidades interesadas

Al parecer Pino nos dice que el fin y la posibilidad del periodismo se juega en la permanente transacción con los distintos poderes. Y que la única manera de acceder a las fuentes –por cierto, la mayoría oficiales- sería el “intercambio” entre partes: entre un medio que necesita sus sustento y un poder que está dispuesto a hablar. Un buen periodismo tendría una única rutina profesional: la negociación.

Soslaya, eso sí, la concentración de la propiedad de los medios a nivel nacional. Pasa por alto, también, que el avisaje del Estado favorece particularmente a los “grandes medios” como La Tercera y el Mercurio. Evitar entrar en estas honduras implica, entre otras cosas, consagrar el statu quo de la realidad nacional. En otras palabras importa tener preocupaciones homogéneas como si la sociedad lo fuese.

Tal vez, las cuestiones más problemáticas que olvida Pino sean las mismas prácticas profesionales empleadas, especialmente, en su diario. Un estudio de 2003 de la investigadora en comunicación Giselle Munizaga señala que el 33 por ciento de las fuentes utilizadas por La Tercera no se identifican explícitamente o utilizan eufemismos del tipo: “fuentes bien informadas dicen”, o “fuentes cercanas a”, etcétera. En otras palabras el “Sr Fuentes” aparece en toda su dimensión. Probablemente ante esta constatación Luis Pino diga: “Si identificamos nuestras fuentes corremos el riesgo de perder futuras informaciones”.

La respuesta es válida solamente cuando tenemos un abanico restringido y cerrado de informantes. Cuando las informaciones sólo recogen los canales de comunicación naturalizados, y cuando la realidad no está siendo contrastada. Consecuencia de este proceder de los medios: volver toda la realidad asunto de puro sentido común y no un problema del buen sentido.

Tampoco Pino menciona al lector, para quien deberían ser los beneficios de la negociación “entre partes”. Entonces cabe preguntarnos ¿de qué habla Luis Pino cuando habla del periodismo?